Por Fernando Zabala / Docente y dramaturgo
El comienzo de una obra teatral debe ser interesante para captar la atención del espectador, pero el final de la misma, siempre debe estar a la altura de la historia que se cuenta. A veces el autor no sabe cómo concluir la historia porque no encuentra una situación que se corresponda con la coherencia del argumento o bien porque no encuentra el punto justo para cerrarla. Por esta razón y otras, es importante diagramar nuestra obra y ver la manera de estructurar el texto por bloques, actos o escenas.
En primer lugar, el final de una obra debe tener sentido. Los bloques deben estar conectados entre sí y debe tener lógica la conclusión a la que se llega, inclusive si el final es abierto. También es crucial que tenga continuidad con lo que ha ido sucediendo a lo largo de la historia. Por ello, es importante fijarse en los distintos conflictos planteados, a la hora, de pensar un final posible para la obra. Tengo que ver a dónde desembocarán esos conflictos y cómo van a modificar a los personajes que transiten los mismos.
Lo ideal es que el final deje al espectador en una encrucijada, de tal manera, que pueda crear su propia experiencia a partir de la última escena o bloque que proponga la estructura. A veces, se produce un mal entendido, y se piensa que es mejor dejar satisfecho al espectador con un final perfectamente cerrado. Lo cierto es que cerrar un final sin dar chances de otros caminos para los personajes, vuelve rígida la obra y conforma una suerte de maquetación que no permite otra mirada más que la que el autor puso como broche de cierre.
También es importante centrarse en el protagonista de la historia y ver si no hay otros conflictos que todavía no hayan emergido en la superficie de la estructura. Siempre hay una primera capa que se cuenta de manera más cotidiana y una segunda que vuelve más metafórica la obra. En esa segunda capa, se debe trabajar hasta poder llegar a una crisis que desborde el sentido de la trama y el desenlace de la misma. Para ello tendremos que hablar del clímax y sus derivados.

El clímax se define como el momento de mayor intensidad de la obra. Debe ser el punto donde hay mayor tensión y drama, o bien, donde comienza la segunda o tercera capa de la historia. Tras este momento, la trama comienza a dar vuelcos hacia lugares insospechados para el personaje y para el propio autor. No sabemos dónde y cómo pueden terminar los vínculos que se tejieron y los hechos que se venían desarrollando durante la historia.
El clímax genera y crea una crisis, un punto culmine, y a partir del cual la historia avanza hasta desembocar en un final posible. Tras el clímax, es esperable que la historia cambie y gire hacia uno o varios lados donde se rompa lo que se contaba con anterioridad. Si este elemento falla, la obra no solo no llegará a buen término, sino que se volverá rígida y lineal. Por esta razón, es decisivo asegurarse que el clímax sea potente y que posea la suficiente complejidad que el elemento requiere.
Cuando llegamos al clímax, hay que entender que estamos tratando con un momento crítico de la historia, donde los vínculos de los personajes no volverán a ser iguales. Estos, solo pueden avanzar hacia un final imprevisible para ellos mismos y, por ende, para nuestro espectador, que espera poder cerrar su historia como quisiera. El clímax debe ser lo más claro posible para que tenga sentido el desarrollo del desenlace. El espectador debe conectar fácilmente el clímax y el desenlace final. Por eso, hay que prestar atención al conflicto y las situaciones que ha vivido cada personaje de nuestra obra, y así ser capaces de darles una resolución plausible.
Al margen que los finales sean abiertos o cerrados, al momento de escribirlos, se debe tener presente que los finales son la consecuencia de todo lo que ha pasado a lo largo de la obra. El final debería tener un giro o varios, debe ser algo innovador, algo que sea difícil de decodificar para el público y que, por sobre todas las cosas, termine por romper con el supuesto orden que venía estableciendo el argumento.
Una historia intrigante va dejando pistas y secretos para que luego se vayan descubriendo en el transcurso y en el desenlace. Un recurso muy utilizado en el último tiempo, principalmente durante el clímax, es el llamado “punto de giro”. Esta es una técnica literaria que consiste en un cambio radical e inesperado que sucede repentinamente antes del final. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los personajes han pasado por muchas situaciones a lo largo de nuestra obra, por ende, debe haber un cambio significativo en sus actitudes, una maduración en ellos que podamos ver en el momento del clímax.
Hay que fijarse también si las metas y motivaciones de nuestros personajes son las mismas o si han cambiado radicalmente. Si lo que anhelaban en un principio lo siguen deseando con el mismo fervor o si han decidido tomar otro rumbo inesperado. Lo más probable es que, en el curso de la representación, los personajes no hayan conseguido aquello que tanto deseaban, o que haya pasado algo que les haga cambiar su rumbo para optar por otros caminos. Es normal que tengamos muchas ideas y planteemos distintos finales alternativos, hasta dar con el que convengamos que es mejor para nuestra obra. El final debe ser un momento emocionante que no redunde en dar explicaciones a los misterios y situaciones que se plantearon en la trama.
El final no debe complacer nunca a los espectadores con lo que esperarían como pincelada de cierre de la obra, sino más bien, debe ser un momento incómodo, desabrido y hasta repulsivo tanto para los personajes como para ellos mismos. Los finales complacientes solo resultan en un espectador cómodo que obtiene lo que buscó en vez de permitirle llegar a conclusiones más profundas sobre la vida y la existencia.