La fecha del 22 de septiembre de 1912 suele considerarse como un punto de inflexión en la carrera literaria de Franz Kafka. Aquella noche, en una jornada ininterrumpida de escritura, el autor fue capaz de concebir el relato que, posteriormente, se publicaría bajo el nombre de La condena (1913). A partir de entonces, su producción escrita, que se mantenía corta y algo dispersa, atravesó una fase de creatividad explosiva, sentando las bases de un estilo narrativo que, por su singularidad, terminaría siendo bautizado con su apellido.
En esta prolífica etapa, Kafka escribió muchos de sus trabajos más emblemáticos: El fogonero, En la colonia penitenciaria, El proceso y La metamorfosis. Sin embargo, esta última es la que se convertiría en su obra más difundida, comentada e interpretada. En octubre de 2025, dicha pieza literaria cumplió ciento diez años desde su primera publicación. Y, a pesar del transcurso de las décadas, su fuerza interpretativa no ha evidenciado debilitamiento alguno, manteniéndose como una lectura aún vigente y capaz de interpelar aquellas nociones que, en principio, asumimos como inmutables.
En una carta dirigida a su entonces prometida Felice Bauer, el 17 de noviembre de 1912, el propio escritor confesó que la idea del relato vino a él cuando yacía en su cama, envuelto en su miseria (Bernofsky, 2014). Esta tormentosa génesis derivó en un proceso de redacción cargado de interrupciones, a causa de sus responsabilidades como funcionario de seguros en Praga. Aproximadamente tres semanas después, el 7 de diciembre de ese mismo año, la historia pudo ser terminada. Y al ser considerado como uno de sus textos mejor acabados, Kafka mostró sumo interés en publicar el manuscrito de inmediato.
No obstante, los conflictos bélicos de la época, como las guerras en los Balcanes (1912 – 1913) y el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914) dilataron su proyección inicial. Llegada la primavera de 1915, Max Brod, amigo íntimo del autor, logró convencer al poeta René Schickele, entonces editor en jefe de la aclamada revista alemana Die Weißen Blätter, de publicar el cuento en dicho espacio literario (Bernofsky, 2014). Pero no sería hasta diciembre de dicho año, cuando la primera edición de La metamorfosis –como novela corta– llegaría a ser editada bajo el pequeño pero influyente sello de Kurt Wolff.

El argumento de la obra, considerada parte del canon de la literatura universal, es ampliamente conocido. Gregorio Samsa, un joven viajero de comercio que carga a sus espaldas con la responsabilidad de mantener económicamente a su familia, se despierta una mañana convertido en “un bicho enorme”. El célebre párrafo que da inicio a la historia se introduce de forma cruda y disruptiva, descolocando al lector e insertándolo de lleno en el absurdo kafkiano. La premisa del relato es un vivo ejemplo de cómo el escritor concebía la literatura, como “un hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros”.
Curiosamente, en una carta dirigida a su editor, con fecha del 25 de octubre de 1915, Kafka expresó su rotunda negativa ante la propuesta de incluir una ilustración del artrópodo en la primera edición de la novela: “No. Eso no. Por favor, eso no. El insecto de ningún modo debe ser dibujado. Se lo ruego encarecidamente […]” (citado en Correas, 2016). Ahora bien, este curioso pedido no debe ser considerado como un simple capricho, pues dentro del texto tampoco es posible hallar un término entomológico que defina explícitamente a la criatura. En consecuencia, es el lector quien, a partir de su propia concepción de lo aberrante, se ve forzado a dotar de sentido a la figura que optó por mantenerse indefinida.

Esta imposición de lo enigmático, lo absurdo, lo no-explícito es lo que, al fin y al cabo, le otorga riqueza a la narrativa kafkiana, representando un reto para quien pretenda interpretar de forma unilateral la multiplicidad de sus imágenes literarias. En esa línea, La metamorfosis esconde un número casi infinito de aristas que terminan interceptándose entre sí. La lectura de esta obra se transforma en una aventura que recuerda al laberinto de Creta, cuyas encrucijadas retienen a un infame monstruo, escondido bajo las sombras como un símbolo de lo irracional, lo instintivo y lo reprimido del ser humano.
Bajo esa perspectiva, se argumenta que la historia fue concebida, en principio, como una ruptura existencialista, una búsqueda de “libertad que sueña con zafarse de las cadenas de la vida social, esto es, de la familia y el trabajo” (Correas, 2016). Como detalla el propio Kafka en uno de sus diálogos con el escritor Gustav Janouch:
“Todo hombre vive detrás de barrotes que siempre lleva consigo. Por eso ahora se escribe bastante sobre los animales. Es una expresión de nostalgia por una vida libre y natural. Sin embargo, para los humanos la vida natural es la vida humana. Aunque los hombres no se dan cuenta de ello. Se rehúsan a comprenderlo. La existencia humana se torna una carga para ellos, así que buscan deshacerse de ella a través de la fantasía” (Janouch, 1951; traducción propia).
Estas ansias de libertad, sin embargo, se revelan ilusorias en el caso de Gregorio: el sueño de retornar a la naturaleza, a “lo animal” termina por convertirse inevitablemente en pesadilla. El héroe, al ya no resultar útil como miembro de la sociedad, se torna progresivamente en objeto de rechazo, degradación y deshumanización por parte de aquellas personas que, al principio, dependían de él. Por ejemplo, el representante de la empresa que visita su hogar, a fin de increpar al joven por su ausencia en el trabajo, termina por huir despavorido al verlo transformado en aquel enorme bicho. Al perder su estatus de trabajador activo, el otrora viajante de comercio se ve convertido en una anomalía productiva.
La percepción de la madre, quien se encuentra en un permanente estado de negación, también resulta ilustrativa. Para ella, el insecto que habita en la habitación de Gregorio no puede ser percibido como su hijo, negándole así su cualidad humana. Por su parte, el padre, al recuperar su rol como sostén económico de la familia, se convierte en una figura represiva, violenta y proclive a castigar lo desconocido, lo improductivo. Mención aparte merece Greta, la hermana, quien inicialmente se muestra compasiva pero que, con el transcurso de las semanas, termina por despreciarlo, concluyendo cruelmente que la familia debe librarse de él “como sea”.
La transformación de Gregorio se presenta, entonces, como una metamorfosis sin retorno que esconde dentro de sí misma la premonición de su propio epitafio. La agonía de un ser humano atrapado bajo la coraza de aquel bicho enorme, sinónimo de ostracismo, es lo que termina por apagar su existencia. Y como quien convierte en propio el dolor ajeno, Kafka, en otra carta para Felice, comenta al respecto: “Llora, mi amor, llora, ¡ha llegado el momento de llorar! El héroe de mi cuento ha muerto hace un rato. Si ello te consuela, te diré que ha muerto bastante apaciblemente y reconciliado con todos” (Kafka, 1984).
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En un cuidado apéndice de su ensayo El mito de Sísifo, Albert Camus (1999) advirtió que, dentro del universo kafkiano, los desenlaces –o, mejor dicho, la ausencia de estos– sugieren explicaciones tenues, etéreas y difíciles de aclarar, que exigen “una nueva lectura del relato desde otro ángulo”. Como resultado, esta historia se ha transformado en objeto de múltiples aproximaciones, siendo abordada desde el retrato autobiográfico, la crítica a la sociedad utilitarista, la alegoría a la enfermedad terminal, el existencialismo, la teología y el psicoanálisis; solo por citar algunos de los ámbitos de estudio más comunes.
Esta pluralidad interpretativa responde a la cualidad insondable de Franz Kafka, la cual se mantiene incólume tras más de cien años desde su fallecimiento. Su pluma cuestiona todo aquello que, erróneamente, se considera como inalterable, permitiendo que lo absurdo adquiera una inquietante plausibilidad. Bajo el indescifrable laberinto de su obra, el lector no se siente ajeno al héroe del relato, pues ambos se encuentran extraviados ante un escenario incomprensible para el protagonista, pero que resulta aparentemente cotidiano para los demás. Así, La metamorfosis se mantiene como un recordatorio constante de que lo surreal también puede esconderse incluso en los márgenes de la sociedad contemporánea.
Ficha técnica
Autor: Franz Kafka | Título original: Die Verwandlung | Título traducido al español: La metamorfosis | Traducción: Pilar Fernández Galiano
Año de publicación: 2009 (1915) | Editorial: Akal
Número de páginas: 128
Referencias
Bernofsky, S. (14 de enero, 2014). On translating Kafka’s, The metamorphosis. The New Yorker. https://www.newyorker.com/books/page-turner/on-translating-kafkas-the-metamorphosis#selection-495.0-600.0
Correas, C. (2016). Estudio preliminar. En F. Kafka, La metamorfosis (pp. 17 – 32). Universidad Nacional de General Sarmiento.
Kafka, F. (1984). Cartas a Felice y otra correspondencia del noviazgo. 1. 1912. Alianza Editorial.
Camus, A. (1999). El mito de Sísifo. Alianza Editorial.