Segundo diario limeño con interludio ayacuchano (1958 – 1960)
1958
Julio
Todo trabajo en el cual no tenga que ejercitar mi inteligencia y donde este ejercicio no signifique un enriquecimiento de mi inteligencia es indigno de mí y me entristece.
-Es triste llegar a los treinta años sin tener un solo enemigo.
-El día en que pueda liberarme de la mujer, pero no de esta o de aquella sino de la mujer como especie, ese día podré tomar resoluciones verdaderamente irrevocables. Ahora vegeto a la sombra de un amor desgraciado, sufro y me pudro el espíritu reinventando recuerdos que no me aportan ningún consuelo o trazando proyectos –miles– que no tengo el coraje de realizar. Indeciso, extraviado entre mi apetito de poder –indispensable para organizar mi vida sentimental– y mi inclinación al ocio –que reclama mi vocación de escritor–, parto todas las noches en direcciones opuestas y me desgarro como una hoja de papel. Busco en vano la coherencia, la unidad y no sé en torno de qué pasión, de qué vicio, de qué terrible virtud ella terminará por cristalizar.
2 de agosto
Los que no sienten a la mujer como una potencia extranjera, ingobernable y maléfica; los que no consideran a la sociedad como un círculo erizado de espadas; los que no ven en las cosas más simples –una piedra, un boleto de ómnibus, una mancha del pantalón– el signo de la adversidad, esos, no sé cómo pueden vivir, pero son, sin duda, los triunfadores.
Setiembre
Me gustan las personas que tienen dificultad para expresarse porque ellas son las que hacen, en el curso de la conversación, los mejores hallazgos. De los que hablan fácilmente, en cambio, no podemos esperar otra cosa que un discurso razonable, rutinario o previsible. El lento, el vacilante en expresarse se sorprende a sí mismo y sorprende a los demás. Su esfuerzo, cuando es inteligente, da siempre frutos. Puede hablarse en este caso de una “conversación creadora”.
15 de diciembre
Mi amor por C. ha llegado a tal grado de incandescencia que me basta pensar en ella para sentir en todo el cuerpo una crispación que me desespera. Llamo amor, sin embargo, a este fenómeno tan diferente al conocido en París hace cuatro años, cuando vivimos juntos. Sería quizás porque entonces, si bien no consumábamos totalmente el acto, nos procurábamos un placer absoluto. Ahora no descansa ni mi espíritu ni mi cuerpo. Es rara la noche en que no sueñe con ella –sueño siempre la traición–, lo que revela que me encuentro bajo el imperio de una idea fija, en un estado peligroso, vecino a la paranoia. Es curioso cómo mi poder de disimulación ha logrado despojar de mi aspecto exterior todo síntoma de tormento. Todos ignoran –amigos y familiares– que desde hace meses no vivo sino en función de un encuentro, de una llamada, de una confidencia de C. Ella se opone tenazmente al matrimonio, en primer lugar porque yo no le ofrezco ninguna garantía material –sin trabajo como estoy y sin independencia– y luego porque es muy escéptica con respecto a la duración de las pasiones. Pero la primera razón es la más poderosa. Ahora, como en París, la pérdida de C. será un gran dolor de origen esencialmente económico.
1959
19 de enero
Mi primera página de este año nuevo será para consignar la terminación de una peregrina obra de teatro escrita casi a vuelapluma en estas dos últimas semanas. Se titula Vida y pasión de Santiago el pajarero. Me parece que está bien. La corrección de mi novela sigue paralizada.
26 de enero
Probablemente mi úlcera no es sino un expediente creado por mi naturaleza para protestar contra el trabajo y sustraerse a todo tipo de responsabilidad. He observado que me basta acercarme o pasar por mi antigua oficina para sentir un vago malestar que se acentúa para convertirse en angustia y finalmente en el dolor típico del ulceroso. En estas condiciones vivo, desde mi convalecencia, en un estado de pereza forzosa. Hace ya más de un mes que, en medio de la protesta general, vago por todas las habitaciones de la casa, muchas veces en pijama, sin hacer otra cosa que releer los periódicos, hojear mis libros, apuntar pequeñas ideas en mis cuadernos o contemplar el verano y sus productos por encima del muro familiar. Si no hubiera escrito en dos semanas de entusiasmo mi obra de teatro, me consideraría maldito entre los malditos. Sea buena o mala, aquella obra me ha devuelto confianza en mi capacidad de trabajo y me ha reconfortado un poco desde el punto de vista moral. Sin embargo, la visión de mis amigos y colegas, tanto de colegio como de universidad y viajes, amigos todos que prosperan, procrean, gastan y se multiplican, me atormenta. No hay uno solo, creo, que se encuentre en peor situación que yo, es decir, sin trabajo, sin renta, sin independencia. Todo esto es inexplicable, dado que pocos han tenido tantas oportunidades como yo. He hecho universidades, he viajado, he aprendido lenguas, pero todo aquello de nada me sirve en la vida práctica. Ni siquiera mi oficio técnico de experto en tricromía y selección de colores. Todos estos aprendizajes se estorban y se neutralizan. Embarazado de posibilidades, vivo en la más lamentable inactividad.
24 de febrero
He tomado casi la determinación de interrumpir la corrección de mi novela. Su flagrante naturalismo me aburre. Más que nunca veo la necesidad de encontrar una nueva técnica que me permita construir un mundo que no tenga nada de común con los ya conocidos. Hay demasiada lógica, demasiado raciocinio, demasiada claridad, demasiado orden, demasiada psicología. Todo aquello lo hicieron los franceses hace cien años. El origen de todo este embarazo está en que mi actitud frente a la vida es una actitud intelectual y no una actitud novelesca. Explico e interpreto los hechos en el lugar de presentarlos en su violenta confusión. Por ello es que incurro en el uso fatigante de un lenguaje abstracto, lenguaje de analista, de sociólogo, de expositor científico, en lugar de emplear el lenguaje del poeta. Lo peor de todo es que no veo dónde recoger los elementos de una nueva técnica narrativa. De los franceses no cabe esperar nada. Menos aún de los españoles y latinoamericanos. Quizás los yanquis puedan ser los únicos que puedan serme útiles. Pero tampoco tengo mucha fe en las fórmulas importadas. Necesito yo mismo renovar mis recursos expresivos. Yo que odio el lugar común, veo mi obra plagada de lugares comunes. ¿Cómo evitar, en efecto, en una obra naturalista y objetiva, expresiones como “montó en cólera”, “volvió la cabeza”, “no despegó los labios”, etc.? Se necesita afrontar la materia literaria desde una perspectiva tan singular que todos estos lugares comunes quedaran automáticamente excluidos. Tal es el caos del poeta que al hacer poesía no siente la necesidad de emplear locuciones explicativas o discursivas, como “en consecuencia”, “por ejemplo”, etcétera, porque dentro de la tónica de su creación dichas expresiones no son necesarias. Pero, ¿existe una técnica que apareje el uso de una nueva sintaxis y de un nuevo vocabulario?
24 de febrero
No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilusiones, de todas mis vocaciones perdidas. Un abogado inconcluso, un profesor sin cátedra, un periodista mudo, un bohemio mediocre, un impresor oscuro y, casi, un escritor fracasado. Noche de gran pesimismo.
22 de marzo
Cuando hace dos días le confesé a C. que mi vida se presentaba como una trama de problemas sin resolver, ella tuvo el tino de responderme: “soluciona primero tu problema económico, que todos los demás se resolverán por añadidura”. Es una verdad que siempre me he resistido a aceptar. Mientras siga viviendo en esta oscura pobreza y ociosidad no podré curarme, ni vestirme, ni cultivar relaciones, ni viajar, ni escribir, ni hacerme amar por nadie. Cuando añadí: “Dentro de tres meses podré alquilar mi departamento y espero que tú me ayudes a decorarlo”, su respuesta fue de un terrible realismo: “Es demasiado tarde”. Desde que llegué de Europa –al menos durante los tres primeros meses–, C. me preguntaba todos los días: “¿Ya conseguiste tu departamento?”. Siempre le respondía: “La próxima semana.” Al fin terminó por no hacerme más la pregunta. Se sentía frustrada por un hombre que no tenía donde recibirla o a quien ella debía brindar su casa para pequeñas e íntimas reuniones. Tuve una vez el descaro de decirle: “Deberías tu alquilar el departamento”, a lo que me respondió con razón que eso correspondía al hombre.
7 de mayo
Arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas. Si yo digo: “el hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación banal. Pero puedo también decir: “Todas las calvicies son desdichadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la ruina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: ¡en qué dependencia pública habrá perdido ese cristiano sus cabellos!”
1 de junio (2 de la mañana)
Pronto, forasteros ingresarán a esta casa. Se pasearán por sus habitaciones vacías diciendo: “Fíjate, allí pondremos el sofá”, o “Esa pared la pintaremos de rosado”. Luego saldrán al jardín para mirar el césped amarillo, la gran enredadera criadora de arañas y el barro de los pasajes transitados, donde ya no quedan ni las huellas de nuestra infancia. Pero solo cuando contemplen los cipreses sentirán un temblor, pues allí creerán respirar el perfume de una antigua felicidad.
30 de agosto
Cuando era más joven me decía: “Antes de cumplir los 30 años debo hacer algo importante.” Mañana los cumplo y no he realizado nada que valga la pena. Otros han hecho dinero o se han casado. Yo no he hecho sino gastar el dinero y perder o renunciar a las mujeres (C. se ha casado en Estados Unidos con un médico italiano y Mimí espera en Amberes desde hace mes y medio una importantísima respuesta mía que todos los días aplazo). Todo esto es el precio de una carrera literaria, en este pobre país. ¡Si por lo menos me dieran el premio de teatro! Sería suficiente para justificar todo mi último año de vagancia, de mala noche, de enfermedad y de despilfarro. Con su importe podría también incrementar mi ya escuálido capital y tentar el regreso a Europa. Pero pasan los días y nada, nada, nada. Interrumpido mi relato “Al pie del acantilado”. La casa a punto de alquilarse y no sé dónde iré a vivir. Hay algo que cruje en medio de todo esto, algo que va a derrumbarse. Hace dos noches con Hernando Cortés en un bar sentimos pesar nuestro desánimo y nos dijimos que ya no teníamos juventud.
15 de setiembre
Lo que deseamos se nos da, pero muy pocas veces en el momento oportuno. Todo llega, sin duda, pero cuando ya no lo necesitamos o cuando lo necesitamos menos o cuando ya no tiene importancia. En Hamburgo estuve a punto de enloquecer porque no veía cómo procurarme los 500 dólares que necesitaba para viajar a Amberes y tentar el rapto de Mimí. Ahora llegó ese dinero y lo gasté estúpidamente porque no sabía qué hacer con él. El año pasado, durante dos meses, me desviví por encontrar un departamento y perdí a C. por no tener dónde llevarla y amarla. Ahora tengo el departamento a mi disposición, con terraza sobre la avenida Arequipa, pero ni siquiera vivo en él y lo único que hago es ir de vez en cuando a beber una cerveza y mirar los cuadros y espiar el tráfico de la avenida. Es terrible pensar que uno se priva de tantas cosas bellas y definitivas –en el sentido de que pueden definir una vida– por una falta de concordancia entre diversas situaciones. La facilidad, desde esta perspectiva, no es otra cosa que la coincidencia del mayor número de circunstancias favorables.
Huamanga, 23 de setiembre
Vísperas de primavera. En la Plaza Mayor, farolillos, bandas, carros alegóricos, desfile de reinas. Desde la ventana del Hotel de Turistas observo todo, amargado, herido ridículamente en la punta del pie. Por una uña en verdad pierdo esta bella fiesta de la cual tanto me prometía. En el baile de esta noche –ya se escucha la orquesta– sentirá su primer escalofrío toda una promoción de adolescentes huamanguinas. En pijama, fumo, escribo, pienso en cosas nefastas –en por qué no le escribí a Mimí, una vida que cambia por una carta no respondida– y contemplo mi dedo tronchado de donde mana, intermitente, el dolor.
30 de setiembre
Tiranía de las asociaciones. En el cuarto del hotel se apagó dos veces la luz. “¡La señal!”, pensé de inmediato. Sin transición me encontré en París, en mi cuarto del Hotel Jeanne d’Arc, en 1954. Cada vez que C. me llamaba por teléfono, el conserje, para no subir los tres pisos, cortaba por dos veces la luz de mi habitación si era de noche o la encendía dos veces si era de día. Cuántas noches, tendido en mi cama, miraba fijamente la bombilla encendida hasta enceguecerme, esperando la señal. De pronto el cuarto quedaba a oscuras y de un salto yo me precipitaba al pasillo, descendía a zancadas las escaleras y entraba como un bólido a la conserjería. “Doucement, decía el patrón, vous risquez de vous casser une jambe.” Todo esto lo conserva mi memoria preciosamente y yo me digo: “¡Qué hago aquí, Dios mío, qué maldición ha caído sobre mi pobre corazón”.
26 de octubre
¿Por qué esa tendencia a huir o evitar lo que me conviene? Ni entré al Ministerio de Relaciones Exteriores cuando tenía 16 años ni me recibí de abogado, ni hice estudios regulares en Europa –lo que me representaría estar ahora en San Marcos como profesor full-time– ni perseveré en Duplotécnica… Ahora, Huamanga me ofrece la oportunidad de reintegrarme a la comunidad, no solo desde el punto de vista académico. Aquí puedo no solamente trabajar sino ahorrar y aun hasta casarme. Hay una candidata lugareña, bastante bonita, quizás la única de toda la ciudad, afortunada además aunque un poco gris de temperamento, a quien cortejé en un bautizo. Cualquier hombre razonable echaría aquí el ancla. En mis escasos momentos de pragmatismo me digo: “Es la oportunidad.” Pero siempre ese horror a las raíces, esa fobia por el sedentarismo. Sé que dentro de tres meses me iré de esta universidad, gastaré mis mil dólares en viajar a Europa, perderé –una vez más– a esta simpática regnícola. ¿Para qué? Para vagar por el Barrio Latino, sabe Dios en busca de qué amores, de qué escrituras, de qué recuerdos fantasmales. Mimí me espera, es verdad, y los hoteles donde viví con C. Pero, ¿qué significa esto desde el punto de vista positivo? Diríase que busco furiosamente la frustración, el aniquilamiento.
1.° de diciembre
La pequeña indígena, de apenas unos tres años, que vi hoy en los portales. Descalza, inmunda, con un cabello que de sucio parecía de trapo, pero con el rostro más hermoso y terriblemente humano que he visto jamás en un niño. Parecía encarnar el destino de toda una raza. Los profesores que estuvieron conmigo convinieron en que era excepcional. Uno de ellos –el pintor Enrique Camino Brent– preguntó a la dueña del café si podría llevársela a Lima. “Claro, respondió, si no tiene a nadie. Una mujer la cría.” Luego nos dijo que sabía cantar en quechua, Nosotros le pedimos a la pequeña que cantara. Para esto, se había reunido mucha gente a su alrededor. La niña se resistió, pero presionada por la dueña del café empezó a cantar, con una voz que apenas se escuchaba, una voz que era un llanto, no sé si de miedo, de vergüenza o de pena. Cuando terminó de cantar estaba llorando. Lágrimas grandes salían de sus ojos y limpiaban su cara. Yo me sentí mal en ese momento. Luego vino “la mujer que la criaba” y se la llevó de la mano. El pequeño ángel –porque no podía ser otra cosa– se fue por la plaza, con sus pies llenos de barro, volteando la cabeza. “Verla de nuevo”, me digo. Siento una emoción particular, distinta, al pensar que podría recogerla y librarla de toda una vida abyecta y servil. ¿Instinto paternal? Es posible. En todo caso es absurdo vivir aún en el país de la caridad y que el destino de un ser humano dependa de un capricho o un rapto de bondad.
Miraflores, 27 de diciembre
Otra vez en Miraflores, pero ahora viviendo en la buhardilla de mi abuela, viejo cuarto enclavado en el fondo de una quinta, cuarto lleno de muebles antiguos, de fotografías de parientes muertos, y de objetos que antaño fueron floreros, perchas o quizás lámparas y que, inservibles en el presente, observo con un poco de curiosidad y muchísimo fastidio.
1960
3 de enero
Este año nuevo me sorprende en la buhardilla de 28 de Julio, leyendo diarios íntimos, escuchando música de Sidney Bechet y de Vivaldi, matando el tiempo en el cine, bebiendo cerveza en el Violín Gitano, consumiendo en la pereza y el desorden lo poco que resta de mi capital. Espero, además, una promesa sobre un posible viaje a París. Quizás se realice pronto: me darán el pasaje y allá me las tendré que arreglar. Llegaré al aeropuerto de Orly en pleno invierno, ciudad nevada, y sin un céntimo. Sé que sufriré, pero no me resisto. Por momentos pienso que viajo a buscar mi propia muerte, en el sentido en que habla Rilke: “de la mort à nous, de celle que nous appartienne”. No sé si veré a Mimí, de quien no recibo carta hace dos meses. Desasosiego, miedo y a pesar de ello deseo de partir.
8 de enero
Relectura de mi diario, un poco a vuelo de pájaro deteniéndome aquí y allá. Empecé por el cuaderno más viejo: el del año 1950. Hace algún tiempo destruí los de los años 47, 48 y 49 que estaban dedicados en su mayor parte a comentar los libros que leía. El cuaderno del 50 es casi ilegible, salvo cuatro o cinco páginas que no he tarjado. El cuaderno verde de París es interesante, pero tiene mucha basura. El cuaderno verde de Múnich es flojo. Las páginas de Mortsel están mejor. Solo entonces comencé a darme cuenta de que el diario formaba parte de mi obra y no solamente de mi vida. Los mejores son los diarios de Berlín y de Lima a mi regreso. En ellos creo haber encontrado el estilo del diario íntimo: un estilo apretado, expresivo que interesa no solamente como testimonio sino también como literatura. Si continúo por el mismo camino creo que mi diario, de aquí a algunos años, será probablemente la más importante de mis obras. Esto no me alegra, ciertamente.
18, 19 o 20 de enero (?)
A veces pienso que podría hacer temblar al mundo desde esta miserable covacha si, liberándome de todas las ataduras, escribiera brutalmente, como sé que puedo hacerlo. Pero me detiene el pudor, un exquisito amor por las formas y la cobardía de todos los escritores que sienten interponerse, entre ellos y la vida, una biblioteca y veinte años de lecturas. Sin embargo, llegaré quizás algún día a tal grado de comprensión que estallarán mis ligamentos y saldrán disparadas las palabras como piedras.
(más tarde)
Como en París, me hago la siguiente reflexión: hasta qué punto nuestras necesidades materiales limitan la altura de nuestras aspiraciones. Para un hambriento, todo el mundo está contenido en un plato de sopa. Para el que ha saciado su hambre, la vida puede tomar la bella apariencia de un vaso de vino. Aplacada la sed y el hambre, aspiramos a fumar un cigarrillo. Satisfechas estas necesidades, buscamos un lugar cómodo para reposar. Si lo encontramos, apetecemos una mujer. Poseída esta, nos dedicaríamos placenteramente a escuchar música o a leer o a viajar o a escribir. Se trata de toda una jerarquía a la cual vamos gradualmente aspirando. Un hombre que no ha aplacado su hambre podrá difícilmente sentir la necesidad de ilustrarse, así como tampoco escribirá con placer el fumado que no ha chupado un solo cigarrillo. Los más grandes proyectos espirituales se edifican sobre la base de la satisfacción de los apetitos primarios. Origen de la reflexión: esperé inútilmente todo el día la visita de algún amigo que pudiera invitare a comer. El resto de la vida no me interesaba.
30 de mayo
Tengo miedo de dormir esta noche y un hambre de los cojones. Me pregunto donde qué amigo ir, quién podrá recibirme, invitarme un trago, emborracharme y mandarme a la cama sin sentido. Releí viejos cuadernos diciéndome que estaban bien, muy bien, pero eso no me quita la tos ni alivia mi soledad. Tomo conciencia de que soy un artista y eso no me consuela. Un pequeño artista solamente, pero honesto, que jamás ha hecho trampa en su oficio. Largo camino y apenas un aprendiz. Pero es cierto que me falta decisión, que soy un poco cobarde. No me resigno a vivir sin amor y el camino del gran arte se tiene que hacer forzosamente solo.