Releyendo a Ribeyro – La tentación del fracaso [Entrega X: 1961]

1961

19 de febrero

Domingo brumoso y pobre. Desde hace una semana, régimen forzoso de dos a tres cafés por día. Los espejos de mi cuarto, testigos de mi vertiginoso adelgazamiento. Me da casi vergüenza desnudarme, vergüenza ante mí mismo. Y pensar que mucha gente envidia en Lima lo que se llama “vivir en París”.

3 de marzo

La sensación de fracaso en la que permanentemente me encuentro reside en haber querido establecer un compromiso entre los “placeres de la inteligencia” y los “placeres de la vida”. He querido llevar una existencia intelectual, pero sin renunciar a las perspectivas de una vida holgada, cuando teniendo en cuenta mi escasa capacidad de acción, la obtención de uno de estos objetivos apareja el sacrificio del otro. De este modo, careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre.

3 de abril

Mis grandes citas de amor no han sido con las mujeres –si exceptuamos la de la Plaza de la Inquisición y la más reciente frente a Notre-Dame– sino con un cuarto de hotel, por lo general sombrío, donde no me esperaba otra cosa que una máquina de escribir y una página en blanco. Quienes me han visto pasar, raudo, obsedido, habrán tal vez imaginado un caluroso abrazo al final de tanta prisa. No saben que todo terminaría en una carilla, en una frase, a veces ni siquiera en eso, pues en estas citas también hay frustraciones. Ahora he subido la montaña de Saint-Geneviève, he descendido por la rue Mouffetard, he retomado la Avenue des Gobelins, bajo la fina lluvia primaveral, con la esperanza de escribir tan bellas cosas… Más me valiera, me digo, haberme detenido en algún bistrot del camino para escuchar, modestamente, el rumor de la vida.

14 de abril

Complacencia morbosa por las situaciones límite, como la que vivo actualmente. A pesar de estar enfermo (úlcera), sin dinero, abandonado por la mujer que me ocupó durante cuatro años, sin noticias del Perú, en una habitación horrible, encuentro fuerzas para arrastrar mi carcasa por la primavera de París. Miro el sol, las alegres parejas, los automóviles descubiertos, los pájaros que anidan en árboles y grietas y me digo: “Algo tiene que resultar de tanta adversidad.” Y en verdad espero, porque solo tocando el fondo del dolor uno puede darse impulso para salir a flote.

11 de mayo

¿Por qué esa maldita costumbre de beber mientras escribo? Ayer, que me levanté temprano, me senté a la máquina con una botella de coñac por delante: a mediodía estaba completamente borracho. Es verdad que culminé el primer capítulo (de Los geniecillos dominicales) en forma brillante: vomitando como Ludo. ¡Y por la tarde tener que ir a trabajar! La bebida me es necesaria durante el acto, no solo porque aumenta mi inventiva gramatical, sino porque suprime la fatiga, o mejor dicho, la va guardando para más tarde. Además no creo que beber sea una rareza entre los escritores. Creo que es la ley, por el contrario (Flaubert, Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Beckett, etc.).

Otra cosa: ahora, mientras almorzaba en un restaurante del bulevar Saint-Michel, comprobé que me gustan todas las mujeres, todas. Renacimiento primaveral de mis cualidades viriles, pero empobrecimiento de mi capacidad de selección. Vi sobre todo a una que me hizo pensar en la reveladora nota de Stendhal en uno de sus manuscritos: “¿Qué hubieras preferido, tener a X. o escribir La cartuja de Parma?”.

3 de junio

Mi soledad, sin grandes frases, es una prueba demasiado larga. La buena comida me sabe a cartón, cuando la masco arrinconado, olvidado en el ruidoso restaurante. Ríen las mesas, ríe el vino en la garrafa, pero la luz no me penetra. Todo resbala sobre mi piel, como sobre el lomo de una piedra ahogada.

14 de julio

Atardecer luminoso, en la fiesta nacional.

Estallan petardos. Solo, en mi habitación, veo las gárgolas, la calle Saint-Severin desierta hoy día. Todo el mundo pasea por el bulevar Saint-Michel. A las diez vendrá J. ¿Qué haré con ella? Probablemente tengamos que acostarnos. No me atrae físicamente. Ayer la “horda” invadió mi casa: comieron y bebieron todas mis reservas, lo que mi coté fourmi había almacenado para uso del mes. Oigo música. Espero, espero no sé qué. Mario Vargas Llosa me ha invitado a bailar con sus sobrinas en las plazas de París. Falta de entusiasmo. Ayer leí buenas páginas de Pablo Guevara, nuestro pequeño genio domiciliario. Hugo Orellana bailaba todo como huaino. ¡Cómo corrió el vino sobre la consola de Luis XV! Todos están de acuerdo en que esta es la chambre d’une cocotte.

Me siento un poco corrompido por esta atmósfera que solo invita a la lubricidad. Contraste con mi caverna de la rue de Boutebrie. De allá salieron buenas páginas. De aquí no sé qué podrá salir: hasta ahora borracheras y acostadas con extrañas mujeres. Estoy dispuesto a abandonar todo esto si es perjudicial a mis proyectos. Esta mañana, que llegué con hora y media de retraso a la Agencia, tuve el deseo vago, lejano pero sincero, de ser echado del trabajo.

19 de julio

Escritor: triste vejez. Pienso en Léautaud, en Céline, en Hemingway. Por diferente que sea su destino o su popularidad, el escritor termina por recluirse, por esconderse. Algunos se suicidan (Hemingway, Pavese, Nerval, sin llegar a veces a viejos); otros mueren de cólera y de asco, como Flaubert; otros enloquecen, se vuelven idiotas o paralíticos, como Baudelaire; muy pocos, como Goethe, soportan con grandeza la vejez, y con serenidad y optimismo. Lo ideal, para un artista, es tal vez morir antes de los 50 años, como Camus o Vallejo, cuando aún se espera mucho de él. No acabar su vida, hacer de ella solamente un esbozo. Entre nosotros, la vida de Valdelomar, más bella, más sugestiva que la de Palma. Horror por la vejez. Deseo de no vivir más de medio siglo.

26 de julio

Desaliento, mientras redacto el manifiesto sugerido por Vargas Llosa, “Estamos en país ocupado: resistir”, sobre el papel que deben jugar en el Perú los intelectuales. Me doy cuenta de la inutilidad de la palabra. Los artículos de Sofocleto, ¿han mejorado la condición del indio? La declaración antiimperialista de Congrains, ¿ha reducido el poder de la reacción? Y en Francia, el manifiesto de los 121, ¿ha terminado con la guerra de Argelia? En estos casos, nada vale la palabra.

Más importante que mil intelectuales firmando un manifiesto virulento es un obrero con un fusil. Triste papel el nuestro. Además, ¿qué sentido, qué decencia puede haber en pergeñar esta declaración en París, escuchando a Armstrong y bebiendo un vaso de Saint-Emilion?

Tentación de la política, grave escollo de los escritores que se acercan a la madurez. Evitarlo.

1.° de agosto

El gesto directo, espontáneo, invencible, con que K. alargó la mano sobre la mesa para acariciar mi recio cabello. Eso vale más que una posesión, que mil posesiones. Aun si no hubiera dormido con ella me hubiera sentido reconfortado. La caricia, cuando es franca y, si se quiere, cuando está despojada de todo erotismo, es el presente más bello que puede recibir una persona. Es el reconocimiento de nuestra condición de “cosas” en el mundo, de cosas acariciables.

24 de agosto

A veces pienso que todo lo sufrido hasta ahora –enfermedades, dolores, decepciones amorosas, frustraciones de orden mundano o literario– es apenas un anticipo, un pudoroso avance que me ha hecho la vida, comparado con todo lo que tengo que sufrir.

Y esta idea, en lugar de aterrarme, me produce una extraña turbación, casi una impaciencia por la llegada de calamidades más hondas. Será tal vez porque cada dolor me ha venido siempre con su parte de alegría y porque sería capaz de soportarlo todo con tal que se me dé, así, menudencias de dicha a costa de tanta desventura. Como los niños que, por un caramelo, tragan haciendo muecas el horrible plato de sopa de verdura.

26 de agosto

De mi madre, hasta hace poco, solo conocí el resto de entrecasa: el rostro de la preocupación, de la fatiga, de la reprimenda, de la inquietud. Ese rostro venía desde que nuestro padre estuvo vivo y fue el que nos tocó heredar, con todas sus arrugas, y otras más que nosotros fuimos cavando, siempre en el sentido del sufrimiento. Pero aun fuera de casa, en casa de nuestros parientes, mi madre conservaba su expresión torturada, porque siempre, en fiestas y cumpleaños, le tocaba a ella la parte dura, la faena de la cocina, la riña con las sirvientas y el albur de los platos rotos.

Sin embargo, una tarde descubrí que mi madre tenía otro rostro. ¿Por qué fui a esa kermesse del Parque de Miraflores?

Era un feo domingo y además una kermesse organizada por la Parroquia de Santa Cruz: el dinero recolectado iba a engrosar el capital de alguna banda de curas. No recordaba en ese momento que mi madre, como feligresa de esa parroquia, formaba parte del comité organizador de dicha tómbola.

Estuve vagando por los kioscos entre multitud de mujeres que yo conocía chiquillas y que ahora andaban casadas y habían procreado otras chiquillas. Me aburría enormemente, comí anticuchos y no los pagué, aprovechando del tumulto. De pronto me vi ante un kiosco donde rifaban, mediante una gigantesca rueda de la fortuna, multitud de canastas que contenían bebidas y alimentos. Fue entonces cuando vi el rostro. Al principio no lo reconocí: pero era mi madre la que estaba a cargo del kisoco, detrás del mostrador, sudorosa, arrebatada como siempre, pero esta vez su fatiga, lejos de envejecerla, le daba una radiante lozanía. Su rostro me hizo recordar al de sus fotografías de juventud: un rostro alegre, gracioso, invitador, ante el cual cedían los clientes y se enrolaban en la lotería, y hasta una voz distinta, que se dirigía a todos y cada uno, invitándolos dichosamente a tomar parte en el juego. Yo, oculto entre la multitud, estuve observando ese rostro, sin atreverme a acércame, porque estaba seguro de que si me divisaba, caería sobre él toda la sombra que era capaz de contagiarle mi presencia. Y por eso me fui, avergonzado, remordido, porque tal vez ese, y solamente ese, era el verdadero rostro de mi madre.

1961 (anotaciones sin fechar)

La interpretación que hace Macera de mí y de mi obra es un poco esquemática y refleja, a mi entender, la interpretación que da de su propia persona.

Considerarme como el epígono bastante degradado de cierta casta social –donde se aliaban el dinero y los adornos del espíritu–, injertado en una forma de vida burguesa que no acepto y amenazado por una revolución popular que me sería dolorosa, me parece inteligente, pero poco justa. Él ignora que por mi ascendencia materna soy un plebeyo, con igual título que no importa qué verdadero hijo del pueblo. (Mi bisabuela materna llevaba pollera y se peinaba con trenzas.) Ignora también que no extraño en absoluto los privilegios mundanos e intelectuales de mis abuelos rectores y ministros y que más bien gran parte de mi actitud en los últimos años puede definirse como una resistencia y casi hostilidad a «seguir ese camino» (no haberme recibido de abogado, no haber hecho lo que podía hacer para ingresar a la docencia de San Marcos, etc.). No conoce tampoco hasta qué punto carezco de una serie de sentidos específicos de la casata a la que me quiere asimilar: el de la propiedad, el del domicilio, el de la patria, el de la profesión, y hasta el de la familia.

*   *   *

El empleado que me atiende me dice: «Pase Ud. Al patio, que lo va a llamar un valet.» Paso al patio y me encuentro con unas doscientas personas que esperan también que las llamen. La diferencia está en que a ellas las llaman por un micrófono, mientras que a mí me llamará un valet. Durante una hora y media espero esta llamada, sin desprender la vista de la puerta por donde presumiblemente entrará el valet. Al fin este aparece: nada lo identifica en su manera de vestir, pero su rostro expresa el cansancio, la tristeza, el aburrimiento de un valet de Prefectura de Policía. No espero que me llame. Avanzo hacia él, que está recorriendo el patio con la vista, como para localizarme, sin conocerme, confiado en que me reconocerá por algún signo providencial. «Monsieur Ribeyro?», me pregunta. Me dice que lo siga. Recorremos pasillos interminables, llenos de puertas, bancas y personas que esperan. No hablamos. El valet va delante, cabizbajo, sin preocuparse de si lo sigo o no. Llegamos a un ascensor: está malogrado. «Es necesario subir cinco pisos.», me dice el valet abatido y me mira con rencor, como si yo tuviera la culpa de esa escalada. «He subido ocho veces en la mañana», agrega, y empieza a subir lentamente las escaleras, parándose en los descansos para resollar. Solo cuando llegamos al quinto piso y empezamos a recorrer otros pasillos –esta vez se ve poca gente, pero sí muchos policías– me dice con un tono de reproche: «¿Por qué ha dejado pasar tanto tiempo sin renovar su Carta de Residencia?» Añade, mirándome de soslayo: «Le pueden seguir un proceso.» Se ve que nos acercamos a la oficina que busca, pues endereza el espinazo, su paso se hace más seguro y levanta más la cabeza. Esta vez, sin mirarme, me dice: «Diga que usted no había comprendido bien, que todavía no habla bien francés.» Luego me abre una puerta y en el momento de dejarme pasar me echa la primera mirada rápida, furtiva, un poco ansiosa, en la que reconozco, agradecido, una pizca de humanidad.

*   *   *

Era uno de esos hombres que en la mañana están siempre bien peinados, bien afeitados e impecablemente vestidos, pero en cuyo rostro pastoso y en cuyos ojos de un brillo fatigado se descubre que han dormido mal y se han levantado con esfuerzo, después de una noche ocupada en complicadas meditaciones o en el ejercicio de placeres refinados.

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