Releyendo a Ribeyro – La tentación del fracaso [Entrega XI: 1962 – 1963]

1962

París, 13 de enero de 1962

Ayer un redactor se acerca al servicio español y nos pregunta: «Qu´est-ce que vous préferéz, un petit papier sur Brigitte Bardot ou un autre sur la catastrophe péruvienne?» (aluvión donde murieron 7,000 personas). Esto es el periodismo.

Cuando tenía doce años me decía: algún día seré grande, fumaré y me pasaré las noches en un escritorio, escribiendo. Ahora soy ya un hombre, estoy fumando, sentado en mi escritorio, escribiendo, y me digo: cuando tenía doce años era un perfecto imbécil.

14 de enero

Terminar un cuento así: «Y la casa del maestro fue convertida en burdel por sus discípulos.»

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Para qué andar tan de prisa si en la esquina menos pensada nos encontramos con la luz roja, gracias a la cual todos aquellos que sobrepasamos nos alcanzarán.

Los predicadores olvidan a menudo que a los impuros les bastan unos pocos días para olvidar sus peores infamias.

28 de enero

El curso que ha tomado mi vida últimamente. Me pregunto si esto es vivir o si por el contrario todo no será sino puro espejismo, y la forma esencial de vivir sea la precedente, la vida del solitario, en medio de sus papeles y sus innumerables proyectos. Sin tiempo para escribir. Pasan los días y las noches. Un pequeño, pero persistente desasosiego. ¿Qué busco? ¿Qué espero? Una brutal avidez de placer y un gran desprecio por la labor intelectual. Pero al mismo tiempo, una compasión enfermiza por la gente, por el hombre que sufre, es decir, por todos. Recordar los rostros de la gente del metro: fatigados, hartos, malhumorados, coléricos. Recordar a la niña, tras la puerta del bar, aún no tocada por la vida, pero en cuyos ojos se notaban ya los signos de la adultez y el espanto del mundo. Ella, por ser humana, contenía ya todo su dolor.

17 de marzo

La impresión que me producen ciudades como París o Barcelona, cuando las comparo con Miraflores, es que son unos enormes cementerios. No solo por la arquitectura uniforme, monumental y gris –como los cuarteles del cementerio limeño– sino porque en sus casas ha muerto mucha gente. No hay habitación que no guarde el recuerdo de una agonía. Las casas de Miraflores, en cambio –sin considerar la parte vieja–, son casas que solo han conocido nacimiento y bodas. Pocos féretros han atravesado sus lindos muros y sus jardines. Son casas donde la historia comienza o diría casi sin historia. En casas así la historia comienza con su primera capilla ardiente.

11 de setiembre

Como un cazador a la expectativa de su presa, desde hace semanas, acecho el momento de poder escribir algo. Me levanto pensando en qué momento del día me quedará una hora libre. Me acuesto imaginando que al día siguiente, entre una visita y una comida, se me ofrecerá así, inocente, confiada, la hora que tanto busco. Pero pasan los días, los meses, y entre el metro, el trabajo, el sueño y el amor, se me va la vida. Mi agente literario me acribilla a cartas pidiéndome originales para Alemania. De lima me piden manuscritos. Y mis cuentos largos y cortos, mi descosida novela Los geniecillos dominicales y las piezas de teatro duermen en sus cartapacios póstumos. A veces cojo uno cuando voy a la Agencia y entre dos cables por traducir, o abajo, cuando salgo a tomar el café, lo ojeo ávidamente, buscando el punto muerto que es necesario activar, la palabra tarjada donde sucumbió mi ingenio. Todo es una comedia, claro. Mi cartapacio bajo el brazo es como el estoque lleva el torero jubilado o el sombrero de hongo de alguien que se arruinó.

20 de noviembre (Sueño)

Estoy en el interior de una tienda extraña, que es al mismo tiempo un taller de reparaciones de calzado y una oficina del ramo de loterías.

Tengo un billete de lotería en la mano terminado en 11 y al cotejar la lista oficial veo que está premiado con 40.000 nuevos francos. Mi novia coge el billete, se lo entrega a una empleada y se va. Quedo ante el mostrador esperando que me pague el billete o que me lo devuelvan. Sale un hombre gordo, con aspecto de zapatero remendón, con un martillo en la mano. Le pregunto por mi billete y se hace el desentendido. Un empleado suyo da vueltas a mi alrededor blandiendo una especie de lima o punzón. Yo insisto para que me devuelvan el billete, pero lejos de hacerme caso, el patrón y su dependiente me amenazan con sus instrumentos. De pronto me veo en la calle, frente a un paradero de autobuses donde espera mucha gente. El patrón de la zapatería aparece y yo comienzo a pegarle patadas. Mientras le pego, le digo a la gente que espera el ómnibus: «Este hombre se ha agarrado mi billete de litería premiado.» El zapatero comienza a llorar y dice que me devolverá el billete. Entra a su tienda y sale con el billete en la mano. El billete está roto. Busco en mi bolsillo y encuentro el otro pedazo, terminado en 11. Me voy caminando por una calle.

(Le cuento el sueño a Alida. Ella compra un número de lotería terminado en 11. Sale premiado con 600 nuevos francos).

1963

20 de enero

He invertido toda mi salud, mi tiempo y mis fuerzas en negocios espirituales completamente ruinosos.

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Tenía el espíritu muy bien amoblado, pero daba la impresión de que no había terminado de pagar los muebles.

22 de marzo

Ayer, en la embajada, donde fui a entrevistar a Luis Alberto Sánchez por cuenta de la AFP, le digo: «Voy a hacerle una pregunta metafórica y quisiera que usted me la contestara también metafóricamente. El Perú es como una casa vieja, resquebrajada, a punto de venirse abajo. La oligarquía quiere pintar la fachada, el APRA apuntalar los muros y los “partidos extremistas” derribarla para hacerla de nuevo. ¿Está usted de acuerdo con esta imagen?» Sánchez responde de inmediato: «No. Los partidos extremistas quieren derribar la casa para vender el solar.»

28 de abril

Así, como quien da cuerda de un viejo fonógrafo, cuántas veces acodado en un mostrador, un vaso de vino o un café cargado ponen en funcionamiento la relojería de mi memoria y empieza la procesión de imágenes… imágenes de ciudades, de mujeres, de cuartos de hotel, de ferrocarriles, de libros, de puertos. Imágenes que se repiten, pero nunca iguales. Y yo, en medio de ellas, o más bien al margen, testigo más que actor de antiguas historias que apenas me conciernen. Por ellas me paseo como por un museo de figuras de cera y me reconozco con cierto estupor bajo disfraces banales: estudiante en Múnich, bohemio en Madrid. ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿En qué medida mi imagen actual es el producto de la superposición de todas esas imágenes?

2 de octubre

¡Felices los tiempos aquellos –hace cincuenta o setenta años– en que un novelista podía contar ordenadamente una historia, con veracidad y estilo; en que un pintor podía copiar un paisaje o hacer un retrato con sensibilidad y talento; en que un músico podía inventar una melodía, llevarla al papel pautado y orquestarla! ¿Qué cosa ha pasado ahora? En nuestro tiempo todo lo mentado carece de sentido. Vinieron hombres que se llamaron Joyce, Picasso, Bartók y todo cambió. ¿Cambió porque era necesario o cambió por azar? Lo que tomamos ahora como «la evolución natural del arte», ¿no será otra cosa que el capricho de un artista determinado? ¿No seremos las víctimas inocentes de algunas cuantas personalidades extravagantes?

1963 (anotaciones sin fechar)

Lucho Loayza tiene en gran parte razón cuando dice que el Perú no ha vuelto a dar desde el incario una imagen universal de sí mismo. Digo en parte porque creo que, para el europeo, a la imagen del peruano inca y con plumas que se exportó durante la conquista y la colonia se ha superpuesto la imagen, exportada durante nuestros 150 años de vida republicana, del general ignorante y bravucón, que vive del cuartelazo y gobierna con los pies. Cuando alguien se entera de que somos del Perú no dice ya tanto: «Ah, los incas», sino «Ah, los generales, la revolución». Pero en todo caso, lo importante en la observación de Loayza es que la imagen que tiene el mundo de nosotros es una imagen anticuada, o estereotipada, que tiende a perpetuarse.

¿Cómo puede modificar un país su imagen universal? Solamente mediante una inesperada transformación, que no puede ser otra que la producida por una revolución social.

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Al escribir trato de narrar algo de lo cual he sido testigo real o imaginario, algo que ocurrió en mi contorno o que inventé pero que me impresionó y que me parece que da una versión subjetiva, tal vez parcial, pero nunca falsa, de mi realidad, realidad generalmente sombría o inaceptable, que yo trato de imponer a mis lectores, apasionadamente, para comunicarme con ellos y hacerles compartir mis predilecciones y mis odios.

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