1964
París, 16 de marzo de 1964
Acabo de leer la novela de Mario Vargas Llosa La ciudad y los perros. Yo la encuentro sensacional. Todos los elogios que había oído y leído sobre ella me parecen plenamente justificados. Está prodigiosamente bien construida, escrita, elaborada hasta en sus menores detalles. De un coup de pouce maestro ha elevado la novela peruana y latinoamericana a un nivel literario universal.
8 de mayo
Desde hace dos días, desde que terminé mi novela Los geniecillos dominicales, trato de darme cuenta de si he escrito una porquería o algo bueno. Para las obras ajenas mi juicio es infalible. Para las propias, torpe y brumoso. Aún no la he releído de un tirón, como si fuera un lector X, sino por parte y al azar. Hay mucho que suprimir. Párrafos cursis, fatuos o charlatanes. Incluso capítulos. Sobre todo al comienzo: debo hacer de los cuatro primeros capítulos solamente dos. Hay partes buenas, inmejorables. Pero temo haber dispersado mucho, haber proyectado la acción en muchas direcciones. Quedan partes oscuras. No sé si la lectura lineal le conferirá la unidad que parece faltar a la lectura salteada. En resumen, no estoy muy entusiasmado. Lejana aún la obra maestra.
22 de julio
Nuestros estados de ánimo son tan frágiles. Qué poco basta (que se nuble el cielo, que veamos pasar una mujer bonita o simplemente que encendamos un cigarrillo o permitamos aflorar un recuerdo) para pasar del desaliento al optimismo o viceversa. Toda la coloración de la vida cambia. Toda la mañana y gran parte de la tarde estuve mustio, meditabundo, hojeando mi novela, encontrando solo defectos no solo en ella sino en mi vida, diciéndome: «Empezó la decrepitud.» Incluso le escribí a mi hermano, comunicándole algunas reflexiones al respecto. Al atardecer me asomé a la ventana que da a la rue de Bagnolet y pensé algo, algo impreciso que ahora no podría recordar, pero cuando regresé a mi mesa de trabajo estaba contento, más seguro de mí mismo, diciéndome «no soy cualquier cosa», «tengo algún valor», «hago las cosas bien, pero con retraso». Ahora, mientras escribo esto, mi entusiasmo –palabra muy pomposa, algo menos que entusiasmo– continúa y afronto este anochecer y, por consiguiente, todos los que vendrán con confianza. Pero, ¿quién me garantiza que esto durará? El hecho de haber mirado mi cenicero y haber calculado en él más de treinta puchos, restos de una sola jornada aún inconclusa, me atemoriza un poco, comienza quizás a vulnerar mi serenidad. Alida en la calle, comprando la cena. Quizás cuando regrese me encuentre nuevamente abatido.
10 de diciembre
En las dos hojas tipo tabloide de un boletín obrero americano he encontrado las siguientes siglas:
OIRT, ANACH, CTH, IADSL, ALPRO, FESITRANH, CIOSL, CTM, FENAECI, FIET, AIT, SENTI, CUNICOOP, CEIC, BGTUC, ILGWU, TUC, OFF, AFSCME, AFSME, BIU, FECECITLIH, CC, CTC, CIES, IRCA, SAMF, ICTT, CTMRA, NAACP, FITE, aparte de las más familiares ONU, OEA y OIT.
¿Cómo es posible, me pregunto, que empleando este lenguaje cifrado, la gente pueda llegar a entenderse? Cuando leo, por ejemplo, que «Siguiendo el programa de educación obrera del CTM, el ORIT, el OIDSL y el CIP, el secretario general del ICSL declaró que el CONARAL en su última reunión, con asistencia del delegado del CIOSL, había recomendado que en el próximo congreso del CFTC…» me siento profundamente desgraciado. ¿De qué hablan? ¿A quién se dirigen? El mundo se está convirtiendo así en una yuxtaposición de mundillos incomunicados frente a los cuales tenemos la impresión de ser el «eterno profano».
1964 (anotaciones sin fechar)
Tengo una gran desconfianza por los hombres que no fuman ni prueban un vaso de alcohol. Deben ser terriblemente viciosos.
Una farsa dramática sobre los últimos días de Hitler, en los sótanos de la cancillería de Berlín convertidos en refugio, fortaleza y hospital. Los rusos se encuentra a 500 metros y Hitler se obstina en dar pruebas de un mandato que ya no tiene razón de existir: nombra mariscales a sus subalternos, mandar fusilar a presuntos traidores. Se casa, además, con su querida Eva Braun. A su alrededor sus generales comienzan a suicidarse en serie. La señora Goebbels hace poner inyecciones mortales a sus cuatro hijos para que no caigan en manos de los rusos.
Hitler regala un cuadro valioso a su piloto. Finalmente se suicida, después de haber ordenado que lo incineren. Eva Braun también se suicida. Hitler con bala y Eva con veneno.
* * *
La historia se esclarecería si pudiera deslindarse clara, matemáticamente, la responsabilidad individual de la colectiva. Las crisis internacionales, ¿quién las provoca? Que estamos actualmente al borde de una guerra, ¿de quién depende? ¿De un hombre, de dos, de diez, de cien millones? Estados Unidos bombardeó Vietnam del Norte, ¿quién dio la orden? Vietnam del Norte había –al parecer– atacado antes a un barco de guerra norteamericano, ¿quién lo atacó? ¿Un marino? ¿La Marina? ¿El socialismo? Se habla de gobierno, ¿qué es un gobierno? ¿Qué rostro tiene? ¿Dónde está su consciencia?
Las abstracciones me molestan, tratándose de hecho, pero un grupo de hombres reunidos, ¿no es una abstracción? Como pensaba ayer, quizás el mundo no sea absurdo –en el sentido de Camus, un absurdo que significa un orden, es decir, una predestinación con signo negativo– sino simplemente incongruente. Que la humanidad desaparezca por la culpa de un grumete borracho o un estadista con aerofagia.
* * *
Mi literatura –me refiero a mis últimos cuentos, a mi última novela– se desarrolla en los límites de lo factible, quiero decir, en un terreno insostenible, que ya no vale la pena explorar más. En otras palabras, me encuentro en un impasse y es inútil imitarme o que yo aliente mi imitación. Si es inútil imitarme o que yo aliente mi imitación. Si mi obra es legible y relativamente valiosa es porque me ha costado un esfuerzo infinito conseguir una pulsación emotiva sobre cuerdas gastadas. Soy como un buen actor obligado a desempeñar un mal papel. Un mal actor fracasaría en mi papel. En adelante, por consiguiente, debo emprender una gran aventura, al comienzo quizás penosa o tediosa, pero que me lleve al descubrimiento de mi papel. ¿Cuál será este papel? Confío en que sea importante, si me desembarazo de tantos escrúpulos.
1965
París, 5 de enero de 1965
El año 1964 ha sido fructuoso para mí, desde el punto de vista literario: publicación en Lima de dos de mis libros de cuentos, Las botellas y los hombres y Tres historias sublevantes; aparición en francés de Les charognards sans plumes; y en alemán de Im Tal von San Gabriel; firma del contrato con la editora holandesa para la publicación de Crónica en Ámsterdam; propuesta aceptada de la televisión francesa para llevar a la pantalla chica mi cuento «Al pie del acantilado»; terminación de mi novela Ludo y sus fantasmas (o como se llame); terminación de mi obra de teatro sobre Oblitas Paz; invitación al coloquio de escritores de Berlín; presentación de «Santiago el pajarero» en Santiago de Chile. Esto bastaría para contentar a un hombre menos exigente que yo. Pero lo que a mí me fascina es la otra cara de la medalla: lo que he dejado de hacer, lo que salió mal, lo que no tuvo eco, lo que fracasó. Todas las realizaciones citadas tienen su lado lúgubre.
11 de febrero
(Estados Unidos bombardea Vietnam del Norte)
Mientras la situación en Vietnam nos lleva al borde de una guerra mundial, los diarios siguen anunciando encuentros deportivos, películas por estrenarse o libros por salir. Diríase que entre una y otra cosa –la posibilidad de una guerra y el libre curso de la vida civil– no existe relación. Me parece eso monstruoso. Hay momentos en que todos deberían callarse, todos los planes suspenderse. Sin embargo no es así: la vida civil penetra como un alegre río en un mar turbulento. ¿No decía Michelet que en pleno Terror se seguían representando comedias pastorales? Y yo mismo, sigo escribiendo mi novela Cambio de guardia, sin inquietarme si dentro de unos meses estaré en condiciones de terminarla o si quedará en pie un solo lector.
11 de marzo
A veces pienso que la literatura es para mí solo una coartada de la que me valgo para librarme del proceso de la vida. Lo que yo llamo mis sacrificios (no ser abogado, ni profesor de la universidad, ni político, ni agregado cultural) son tal vez fracasos simulados, imposibilidades. Mi excusa: soy escritor. Mi relativo éxito en este terreno excusa mis torpezas en los otros. Siempre he huido de toda prueba, de toda confrontación, de toda responsabilidad. Menos de la de escribir. Diríase que llevo la vida a mi terreno, allí donde no puede darme ninguna sorpresa. Protegido del mundo, de la gente, solo frente a mi máquina de escribir, sin coerciones ni apremios, sin jueces, ni público, ni ovaciones, ni rechiflas, en la arena solitaria de mi página en blanco, procedo a la mise à mort de la vida.
6 de julio
¿Por qué una novela tiene que empezar por la biografía de un personaje, por la descripción de un escenario o por la súbita inmersión en la trama dialogada o narrada de una situación? Podría empezar también por una receta de cocina, por una canción popular, por el editorial de un semanario dedicado a las investigaciones astronáuticas o por las conclusiones de un coloquio de parteras. No perder nunca de vista: en la literatura todo es convencional, en la novela no hay reglas, en la prosa caben todas las formas del lenguaje. Mi error es, inocente, ciegamente, ajustarme a un molde obsoleto, tonto, innecesario, donde toda mi ciencia y mi experiencia se echan a perder.
28 de noviembre
La vida solo se justifica cuando es un combate por el perfeccionamiento individual o por el mejoramiento de la condición humana. Ambas posibilidades pueden excluirse pero también complementarse. Me parece indigna la vida dedicada a la acumulación de bienes materiales, a la búsqueda del poder por el poder, a la conquista de una posición o de un nombre, así como detesto la vida cerril, vegetativa, resignada e incuriosa del pequeño burgués o del obrero calificado. Decir que la vida es una y corta es un argumento de doble filo: precisamente porque es una y corta debemos esforzarnos en darle un carácter creativo. El escritor solitario que lucha contra las palabras para edificar una obra superior, el hombre de ciencia que se desvela por descubrir o inventar algo que salvará vidas o ahorrará esfuerzos, el líder político que se enfrenta al poder para acabar con una injusticia, son ejemplos de vidas creadoras. El creador es aquel que considera su vida no como un fin en sí mismo sino como un instrumento al servicio de la realidad que lo trasciende: arte, ciencia, justicia, verdad.
25 de octubre
Ayer, en la Agencia, a las once de la noche llegó la noticia temida: De la Puente Uceda y siete de sus compañeros, entre ellos Paul Escobar, acribillados a balazos en La Convención, cerca de Mesa Pelada. Los soldados tuvieron solo tres heridos. A los cuatro meses de haber comenzado la guerrilla, tres de sus cabecillas han muerto. El único que hasta ahora escapa a la persecución es Lobatón.
El caso de Escobar es el que más me conmueve. En París hemos compartido a veces un pan, un poco de té, una moneda de un franco. El sótano húmedo en que vivía en la Montagne de Saint-Geneviève, tan frío que había que calentarlo con un poco de alcohol que se echaba en una cacerola. Su trabajo de cocinero en el México Lindo, su otro trabajo de velador de un paralítico. Vida dura, quemada a los 30 años, desesperadamente. Glotón como era, reilón, optimista, en medio de toda su penuria. ¿Qué deja? Un hijo de tres años, su esposa en la cárcel y, sobre todo, su muerte.
Diciembre
Hay días en que lo único que pido es que por amor de Dios no me vaya a doler la úlcera. Ya no pido encontrar buenas noticias en los diarios o en las cartas que recibo o poder escribir algo honorable, ni siquiera recibir dinero de algún lugar, solo que se me ahorre ese dolor tenaz, renovado, artero, que en el metro, en la oficina, en casa o en la calle con amigos, me demacra en pocos segundos y me deprime moralmente hasta la misantropía. Ese dolor, sin embargo, me autoriza a meditar una vez más sobre las enseñanzas del dolor físico y sus efectos, filosóficos y morales. El dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que recusamos porque nos parece chata, injusta, mediocre o absurda cobra de inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el dolor. Porque este nos recuerda nuestra más miserable condición animal: la del perro atropellado, la de la res en manos del matarife. Solo cuando se va el dolor nos volvemos exigentes y empezamos a encontrarle peros a la vida. Pero el dolor regresa.
1965 (anotaciones sin fechar)
No hay nada más triste que las cartas postales que mis compañeros de oficina envían a nuestro servicio cuando salen de vacaciones. Tristes, porque como no tienen un destinatario individualizado sino están dirigidas a todos, nadie quiere hacerse cargo de ellas y permanecen almacenadas en su panier, muchas veces hasta que el que las envió regresa al trabajo y las encuentra allí y las recoge. Tristes también porque revelan que el colega en vacaciones se siente ligado, aun en su viaje, a la oficina y que, por más que el texto de estas cartas postales sea por lo general burlón, sienta por ella una especie de nostalgia al revés.
* * *
En el conocimiento que tenemos de las personas hay tres grados: el primero es el de la curiosidad o simpatía, el segundo es el de la reprobación; el último es el de la excusa. Viéndolo bien, debemos terminar por perdonar a todo el mundo. Basta aguzar un poco nuestra comprensión de una persona para explicárnosla, y una vez que esto ocurre, ¿qué cuentas podemos pedirle? Como a menudo repito, «no hay que exigirle a una persona más de una cualidad». Si una persona es generosa, ¿por qué pedir que sea inteligente? Si es cortés, ¿por qué querer que sea revolucionaria? Que nos permita al menos un ángulo por el podamos abordarla, un terrain d’entente y basta.
* * *
Hay días extraños en los que, no sé por qué motivo, la gente me mira. Hoy, por ejemplo, en el metro, en el café, en el jardín del Palais-Royal, me bastó penetrar dentro del campo visual de una persona, fuera hombre, mujer, niño, viejo, para ser observado. Como no soy guapo, debo pensar que soy horriblemente feo. Pero esto tampoco es cierto. En el espejo del café traté de mirarme objetivamente y me pareció notar que –hoy día– tenía una expresión anormal, atormentada tal vez o más bien inquietante. Sobre todo lo que me sorprende es que, cuando esto sucede, doy la impresión de no estar «donde debería estar». En el metro, para poner un caso, que uso todos los días maquinalmente, descubro a veces miradas que se resisten un poco a asimilar mi presencia. No son miradas hostiles, pero sí un poco asombradas. Y sin embargo, visto con discreción, siempre de gris, de modo que no cabe explicar el fenómeno por alguna extravagancia vestimentaria. En el fondo creo que todo esto se debe a que, a veces, doy la impresión de una extreme fragilidad.