1966
París, enero de 1966
Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar solo migajas de felicidad.
Marzo
Diferencias entre celebridad y gloria (póstuma).
El hombre que ha amoblado su vida en espera de una celebridad que no llega. Sala de fiesta vacía, banquete al que los invitados no aparecen.
* * *
La vereda del mundo es demasiado estrecha para andar acompañado. Solo el peatón solitario llegará puntualmente a la cita.
* * *
Navegar en un vaso hacia el reino de las sombras.
1° de abril
Los muertos son peligrosos. Por eso hay que ocultarlos, aislarlos. Automáticamente se les niega el derecho de ciudad, mejor dicho, se les confina en ciudades especiales construidas para ellos, donde al menos se les tiene seguros. Viviendo hace tres años al lado del cementerio de Père Lachaise, me digo que la verdad esencial de mi vida es que ahora me encuentre aquí, pero que dentro de diez, veinte o treinta años, tenga que estar al otro lado del muro. ¿Por qué? Porque, como vulgarmente se dice, «nadie quiere hacerse del muerto». Enojosa presencia, por consiguiente, el exilio de la ciudad de los vivos. Todo esto, claro porque escucho Saint-Louis Blues tocado por Louis Armstrong (versión de 1954, en homenaje a Handy) y es como desenrollar las bobinas de mis últimos diez años de juventud. Escuchado en París, Amberes, Berlín, Lima, Ayacucho, Chosica, nuevamente París. Cada surco, cada gemido de la trompeta hace surgir vaharadas de recuerdos, de viejas ilusiones, episodios en tropel, impertinentes casi, que exigen el derecho de ser pasados en revista. «Baraja de cartas postales sentimentales y grises» dignas de ser echadas a una fosa, donde ni un sepulturero borracho querrá recogerlas. Hoy acá, mañana allá. El hoy y el mañana convergen cada vez más hacia el solsticio del cual el tiempo está excluido. Y entretanto, el tiempo que nos habita, acelera, fatigado ya de durar, pidiendo el retorno al manantial.
Setiembre
El hombre que se siente a las seis de la tarde ante la máquina de escribir, en esta casa, no es sino el saldo, el excremento del que, a las diez de la mañana, estuvo en la oficina. Fresco, despejado, todos los días entrego para poder vivir las siete mejores horas de mi vida. Durante ese tiempo uso y abuso de mi inteligencia, pulverizo mi resistencia física, me fumo el paquete de cigarrillos que luego en casa me hace tanta falta y que ya no podré consumir ni soportar. De este modo el que trabaja aquí es un hombre marginal, una subpersona mía, una sombra agotada, casi un pordiosero de las letras, que se afana, puja, se echa un par de tragos para recobrar un poco de fuerza o de entusiasmo y a la hora de penurias solo aspira a comer y dormir. ¿Qué puedo dar de mí? Más aún cuando llego con un lenguaje romo, con un vocabulario decapitado, automatizado para la chatura y la banalidad, casi incapaz de combinar palabras puesto que en la Agencia toda combinación de este tipo es un error profesional. Esto me hace pensar que los círculos viciosos me persiguen o que tengo una tendencia a caer en su remolino. Para salir de la Agencia tendría que escribir una buena obra pero para escribir una buena obra tendría que salir de la Agencia. En dos o tres ocasiones he roto el círculo mediante un viaje, una escapada, una renuncia. Pero ya tengo 37 años.
(¿?)
No era una mujer vieja, pero daba la impresión de que debía contemplar su infancia como algo lejano.
* * *
Daba siempre la impresión de que acababa de salir de escuchar un concierto de música de cámara.
* * *
Parecía un diputado de provincia que acabara de perder unas elecciones.
* * *
El error que siempre he cometido en las discusiones es el haber dejado hablar a mi contrincante.
* * *
Necesidad de codificar mis conocimientos que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo que supe, sabría más de lo que sé.
* * *
El camino al viajero: las huelas que he dejado en tus pies.
1967
París, febrero de 1967
Hasta ahora me considero como un hombre que ha sido aplazado en todas las pruebas de la vida. Me acerco a los 40 años sin gloria, sin dinero, sin salud, sin influencia, sin tranquilidad, sin perspectivas. Pasar revista a mis compañeros de estudios me empavorece. Muchos de ellos viven ya de sus rentas, incluso de los réditos de un prestigio intelectual (discutible, en ciertos casos). Yo, aún, en pleno combate, pero cada vez con menos resistencia y menos esperanzas. ¿Qué hago lejos de mi país, en una ciudad donde tengo solo dos o tres amigos, obligando a mi mujer a una vida de encierro, en dos piezas con goteras y cucarachas, desempeñando un trabajo mecánico y subalterno? ¿Quién me ha exiliado y por qué? ¿Qué busco? ¿Qué aguardo? Me sorprende a veces que pueda sobrellevar esta vida sin caer en la depresión o sin pegarme un tiro.
Mayo
En estos dos meses se está resolviendo, lo sé profundamente, mi destino como escritor. Por un lado siento una especie de hastío, de agotamiento, de pereza, de decepción, por momentos de angustia ante el solo hecho de empezar a escribir algo. Por otro siento, presiento, en mí posibilidades que sobrepasan con largueza todo lo que he hecho hasta ahora, una especie de ímpetu, breve, es verdad, pero surcado de imágenes, de asociaciones, de fragmentos que me llevarían al acto de escribir instantáneamente, si dispusiera del tiempo, de la holgura para seguir adelante. En realidad, como me he dado cuenta desde hace meses, lo que necesito se sintoniza con ese flujo verbal que vive soterradamente en mí, pero que constantemente se pierde o es interferido por ondas parásitas. Se trata de una voz, de un tono fundamental, que es el que dará a todo lo mío su coloración definitiva. Ese tono se acerca un poco a lo subjetivo, lo arbitrario, lo personal, algo dentro de la música de «Los eucaliptos», «Páginas de un diario», «Por las azoteas», algunos otros relatos escritos en primera persona (salvo los cuentos europeos). Quizás esa sea mi verdadera voz. ¡Pero también hay otras! Es como si existiera en mí no uno sino varios escritores que pugnara por expresarse, que quieren hacerlo todos al mismo tiempo, pero que no logran a la postre más que asomar un brazo, una pierna, la nariz o la oreja, alternativamente, en desorden, abigarrados y un poco grotescos. Por eso, actualmente, me mantengo un poco a la expectativa, sin querer tomar parte en esta lucha, con la esperanza de que algunos de estos homúnculos se sobreponga, sacrificando a los demás, salvo que en la pelea todos perezcan y no me quede otro partido que el silencio.
(¿?)
Yo leo prácticamente todo, quizás porque no puedo aún librarme de una concepción caduca de la cultura: la del hombre universal, aquel que debe saber todo. Como en esta época es imposible saber todo, lo único que logro es no saber nada bien y saber todo mal. Nada más desesperante para mí, por ejemplo, que entrar a una librería, como la Joie de Lire, en el Barrio Latino, con la intención de comprar un libro. Por lo general salgo sin comprar ninguno porque de inmediato, ante la vista de los libros, mi deseo de posesión se dispersa no sobre varios libros posibles sino sobre todos los libros existentes. Y si por azar compro un libro, salgo sin ningún contento pues su adquisición significa no un libro más sino muchos libros menos. La misma sensación de avidez y de decepción que me producen los catálogos de libros: sobre todo esos catálogos donde todo está mezclado, la literatura con las ciencias sociales, el psicoanálisis con la historia, la ciencia con las artes plásticas. La lectura de cada título es para mí una promesa de placer y de sabiduría que se me impone sin ninguna prioridad. Y ahora que empleo esta palabra puedo diagnosticar que la causa de todo este mal es la imposibilidad de establecer entre mis deseos de lectura un orden prioritario, pues nunca he podido deslindar lo que debo saber y lo que debo ignorar. Y el resultado de todo ello en el plano material es que nunca he podido constituir una biblioteca orgánica, centrada sobre ciertos temas, autores o épocas, que pueda ir creciendo armoniosamente. Hace años que pienso que podría dedicarme a reunir libros sobre novela francesa del XIX, pero hasta la fecha solo tengo las obras completas de Balzac, Flaubert y Víctor Hugo. En cambio mis estantes se han ido llenando de libros que nada tienen que ver con eso, como para citar al azar, la vida de los rinocerontes o las traducciones de Virgilio hechas por el abbé Delille. En el plano espiritual, la dificultad de ordenar sus lecturas y su biblioteca se traduce por el más grande desorden mental. Mi cultura no es ni siquiera un bazar sino un baratillo, un mercado de las pulgas.
1968
París, febrero de 1968
Las personas habladoras que llegan a un grupo con la avidez de participar en una conversación a cuyos preámbulos no han asistido y que se esfuerzan durante los primeros segundos, guardando un silencio provisional acompañado de una atención extrema, en darse cuenta de qué se está tratando, cuál es la posición de los interlocutores, para, al primer descuido de éstos, meter su opinión hasta la empuñadura.
25 de julio
Tarde en el jardincillo de la rue de la Procession, con mi hijo. Soleada, agradable, digna de haberse gozado, pero a mi ojo corrompido, a mi corrompida manía de mirar, interpretar, concluir, le debo más bien una penosa experiencia. ¿Qué sucede? ¿En este país? ¿En el mundo? Primero, los juguetes. Como se fabrican en serie, al final se confunden. Ya en Cannes había observado el mismo fenómeno, pero en menor escala. En «nuestra playa», había de pronto dos o tres niños que tenían un balde de plástico con un barquito en sobrerrelieve exacto al de nuestro hijo. Al final, no se sabía cuál era de cuál. Pero en fin, era pasable y con un poco de atención no cabía confusión alguna. Pero en este parquecillo –300 niños en 5.000 metros cuadrados– me bastó llegar y soltar al bebé en la poza de arena para darme cuenta de que todos los baldes, palas, rastrillos y pelotas eran iguales. Vi entonces el cortejo de mamás que recorrían el reciento enrejado recogiendo, examinando, rechazando o aceptando el juguete, de acuerdo además con normas ambiguas, arbitrarias, pues algunas aprovechaban la coyuntura para salir con un juguete mejor conservado y otras que, en la duda, por cortedad, preferían recoger el gastado. Mi conclusión inicial fue: comprarle a mi hijo juguetes personalizados, originales, de modo que no sepa el equívoco. Reflexión secundaria. Serían carísimos y además casi imposibles de conseguir, salvo que lo haga en otro país. Reflexión terciaria: si en París vive una mesocracia de tanto abolengo y rompue a la existencia colectiva en metros, restaurantes y paseos, la uniformidad debía ser total. Si todos los baldes, rastrillos y pelotas fueran absolutamente iguales, sin ningún adorno clandestino que los individualice, no habría ningún problema. Bastaría llegar, dejar sus juguetes y luego recogerlos, en forma genérica y cuantitativa: un balde, una pelota, etc., sin preocuparse si es el mismo balde o la misma pelota.
Julio
Las condiciones en que trabajo (sentarse ante la máquina para escribir lo que deseo) son inhumanas. Antes era encontrar las horas necesarias en el día. Ahora son a la semana, a veces al mes. Tengo que conquistarlas empecinadamente. Tienen que confluir además tantas circunstancias favorables: que esté despejado, que Alida salga con el bebé, que si sale sola el bebé se entretenga con sus juguetes o se duerma, que no llegue una visita, que no me moleste la úlcera, etc. Ahora, para poder escribir (Alida fue a almorzar a la casa de C. G.) tuve que encargarme del bebé desde la doce del día: almuerzo, paseo a un jardín, juego, baño, comida, nuevamente juego y luego 45 minutos, exactamente por reloj, 45 minutos de mecida en mis brazos, ya cansados para que se duerma. Y cuando al fin puedo venir a mi mesa lo hago agotado, casi contra mi voluntad, sin ningún entusiasmo, lleno de cólera, de desasosiego. Si a eso se añade el trabajo en la AFP, las deudas, la angustia de no tener ninguna posibilidad de regresar al Perú (a mi casita de Miraflores, que tanto extraño) me siento desgraciado, sí, chancado, pisoteado. ¿Es esto una excusa? ¿Estoy tratando de justificar algún fracaso? Nada de eso. Mi fracaso, si ocurre, se debe también a otros factores. Pero apunto uno, objetivamente.
20 de setiembre
Tres horas tratando de hacer dormir al bebé para poder venir a mi mesa y escribir algo. Cada vez que me alejaba de la cama en puntas de pie se despertaba y comenzaba a llorar y a llamarme. Finalmente lo dejo despierto y vengo. Se baja y me sigue, sin llorar esta vez y queda a mi lado, silencioso a pesar de que le he gritado («Duérmete, por favor, me voy a volver loco, tengo que trabajar»), mirándome, esperando que le haga una caricia, cayéndose de sueño pero de pie, aguardando que me reconcilie con él, lo que haré, claro, en este mismo momento, porque nada de lo que yo pueda escribir vale los segundos de zozobra, de pena, que le haría pasar y que puedo tan fácilmente conjurar con un solo gesto y una renuncia.
24 de setiembre
El carácter desconcertante del trabajo humano. Por la ventana veo a un centenar de obreros que han acampado en la Place Falguière, con tractores, grúas, casetas metálicas para guardar herramientas y otros implementos complicados cuya función ignoro. Desde mi punto de mira forman un hormiguero muy ajetreado, en el cual cada individuo realiza una tarea aparentemente inútil y sin coordinación con el objetivo común pero que, poco a poco, va adoptando el aspecto de un trabajo planificado. Actos aislados y autónomos se van relacionando, los esfuerzos solitarios se enlazan, las unidades se agrupan y los grupos se amalgaman y de pronto me doy cuenta de que nada ha sido dejado al azar y de que toda esta actividad, engañosamente caótica, está dirigida por la razón humana, que en este caso puede estar encarnada por las figuras de un plano o por las órdenes de un capataz. Nada se aprende en la soledad, decía Brecht. ¿Podrá también decirse que nada se crea en la soledad? En todo caso nada de duradero. Robinson Crusoe podrá muy bien construir una choza y una barca, pero no renovar el sistema de desagües de una comuna. Ni siquiera el artista crea sus obras solo. Un manuscrito no será otra cosa que un montón de papeles sin aliento si es que no es impreso por otros hombres, encuadernado, multiplicado por mil, por diez mil, vendido y finalmente leído.
1968 (anotaciones sin fechar)
La caída de De Gaulle: Gulliver vencido por los enanos. Los franceses no soportan la grandeza, la desmesura. Prefieren una confortable mediocridad. Se regresa a los Guy Mollet, los Mitterrand, quizás los Bidault. Lo lamentarán. Que De Gaulle cayera en mayo pasado era justo, pues se trató de una ofensiva de estudiantes, jóvenes trabajadores de izquierda verdaderamente sana. Pero esta vez ha sido víctima de una conjura de tenderos, fascistas y comunistas de la cepa dogmática.
* * *
Raza de las cigarras, que ni siquiera silbas, pero dilapidas tu tiempo y tu vida, viviendo al lado de las hormigas, echando por las ventanas tu casa y tu salud, sin pensar en que el invierno es cada vez más cercano.
* * *
Caída de De Gaulle:
Por no haber tolerado a un Quijote se condenaron a ser gobernados por una cohorte de Sanchos.