1969
París, 22 de julio de 1969
Relectura de mis «diarios íntimos» que hoy me llegaron de Lima. Diarios discontinuos que abarcan diez años: de 1950 a 1960, esto es, Lima, París, Madrid, Múnich, París, Amberes, Berlín, Lima, Ayacucho, Lima. Los primeros de estos diarios, de 1950 a 1955, están ya irremisiblemente condenados y serán arrojados al fuego. Tal vez solo guarde algunos extractos sobre cosas muy concretas. Perecerán como perecieron los que escribí de 1946 a 1949 y que contenían, según me enteré hoy, notas de lecturas y otras sandeces por el estilo. Lo que más me ha sorprendido en estos diarios es la cantidad de cosas que uno olvida (hay iniciales e incluso nombres que ahora no me dicen nada), la fugacidad de los sentimientos (desvelos y quejas por pasiones ya extinguidas) y la persistencia de los rasgos caracterológicos, de mis rasgos (desorden, improvisación, despilfarro, incapacidad de integración, etc.). Literariamente no tienen tal vez otro interés que el haber sido escritos por un escritor.
31 de agosto (2 de la mañana)
Recibo mis cuarenta años solo, en mi casa vacía. La Place Falguière desierta. Silencio. Como solo una vez se cumple esta edad y como me siento leve, muy levemente deprimido (no por envejecer, sino por envejecer de cierta manera) compré, a pesar de mi pobreza, una botella de whisky y dos paquetes de cigarrillos rubios. Para poder servirme un trago tuve que lavar un vaso polvoriento, en una cocina donde hace días que no entro por no enfrentarme a la vajilla sucia.
Lo único que he hecho hoy por la casa ha sido cambiar sábanas y tender la cama y lo único que he hecho por mí, escribir una carta y leer Diálogos de exiliados de Brecht. Luego nada, aparte de mis siete horas en la AFP. Me gustaría estar con Alida y con mi gordo, ambos en Lima, haber comido con ellos, conversado, reído, peleado incluso. Fea soledad, cuando la imaginación se mella y uno no puede ya ni siquiera conversar consigo mismo.
12 de setiembre
Reflexionando ahora sobre mi prodigalidad. Todo dinero que llega a mis manos se quema, se desvanece. Y esto es tan viejo como mi memoria. La primera propina que recibí, cuando tenía cerca de tres años, fue dos centavos en una gorda moneda de cobre. Salí con ella a la calle y como veía que la gente daba dinero a un mendigo (esto ocurría en Tarma) yo también eché mi propina en el sombrero del viejo. Después se dice (anécdota familiar) que regresé para decirle que me la devolviera. No estoy muy seguro de esto último, pero sí de mi gesto poniendo el monedón cobrizo en el tongo del anciano sentado en el portón de nuestra vecina Vica. Luego, a los seis o siete años, cuando nos regalaron a mi hermano y a mí alcancías. Mi hermano, un poco más previsor que yo, almacenaba en ella sus propinas. Yo también, pero cada dos o tres días, con un gancho de pelo de mi mamá, extraía todo el capital por la ranura. Más tarde, ni hablar. Nunca pude tener dinero. Recibirlo y gastarlo. ¿Por qué? Cuestión de vehemencia. Desde entonces sabía, sin reflexión, que el dinero era la posibilidad de satisfacer un placer, pero a mí me interesaba más el placer que la posibilidad y por ello no podía diferirlo. Conozco sin embargo hombres que aman terriblemente el placer y son no obstante avaros. Cosa extraña, que debe tener alguna explicación. Las dos o tres veces que he tenido una suma importante de dinero en la mano, igual. Mi gratificación al salir de la C. F., suma equivalente a un año de trabajo, fue dilapidada en quince días (libros, Estrella, bares). Luego, cuando mamá vendió los departamentos. Lo que me tocó lo gasté en tres o cuatro meses, ni me acuerdo cómo. Nada era para mí imposible. Tenía mesa reservada en el Embassy, cerraba el burdel de Carlota. Pero antes, en Múnich una vez y en París otra, cobré mi beca y esa misma noche me la gasté, sabiendo además, pero no importándome, que todo el mes tendría que vivir de préstamos. Los pródigos, ¿no serán en el fondo optimistas? Confían en el mañana o no les importa el mañana. Saben, en realidad, que todo podrá arreglarse. Los avaros son cobardes.
31 de octubre
Días feos, antipáticos, agripado (la tercera gripe en cinco meses), con cólicos, mi derrame sinovial (¿) en la muñeca izquierda, horriblemente pelucón (seis meses sin ir al peluquero), gastando plata en libros que no leeré, en copetines para matar el tiempo, pensando en mi mujer, en mi hijo, detestando escribir hasta cartas, renegando de lo que he hecho, renunciando a lo que debo hacer, horas íntegras en un sillón mirándome el pulgar, pensando en algo impreciso o quimérico (en qué ciudad me compraría una casa si gano la lotería), odiando la oficina, descontento, aburrido o, para resumirlo en una palabra, amolado.
26 de noviembre
Conversaciones con Jan Hartmann, el joven alemán contestatario. Divertido, inteligente, humor hamburgués. Forma cautivante de exponer sus puntos de vista. Veo sin embargo que tratándose de política, su interés por el «Tercer Mundo» es semejante al que experimentaban los burgueses del siglo pasado por el proletariado. El fenómeno es exacto, pero se ha extrapolado y amplificado. Así como los burgueses progresistas del siglo pasado veían en el obrero la virilidad, la fuerza, el porvenir, lo no contaminado, J. H. ve en los pueblos del Tercer Mundo la pureza, la espontaneidad, el no racionalismo, el porvenir en suma. Error, simplificación. Los revolucionarios burgueses pagaron caro su equivocación, así como ya algunos intelectuales europeos (¿Régis Debray?) sufrieron en carne propia el suyo. En ambos había como punto de partida una decepción: los primeros, decepción de su clase; los segundos, de su continente, de su cultura. Ambos viven además un mito: los burgueses decimonónicos al creer ciegamente que el proletariado era en sí una fuerza revolucionaria; los intelectuales europeos de izquierda al pensar que los pueblos del Tercer Mundo no quieren otra cosa que hacer la revolución. Los obreros en realidad, como se ha demostrado en más de una sociedad industrializada, no pretenden otra cosa que gozar de las ventajas y comodidades de la burguesía, del mismo modo que los pueblos del Tercer Mundo aspiran al estándar de vida de los europeos. En este sentido, entre J. H. y yo hay un malentendido fundamental, más de su parte de que de la mía. Él no se imagina hasta qué punto hay en mí una persona que se interesa por la cultura europea, por su historia, su arte, sus diversas ideologías. No por el deseo de imitar, copiar o adoptar modos de vida o pensamiento, sino por curiosidad, por deseo de saber. Él recusa en bloque toda esa cultura que le parece en bancarrota y trata de buscar modelos de conducta en formas más «primitivas» y naturales de vivir. Su ideal es el colectivismo, o mejor dicho las pequeñas colectividades, como las que existen en Hamburgo, Berlín o Copenhague, que son para él experimentos en pequeña escala de lo que podría hacerse en una mayor. Y piensa que los pueblos del Tercer Mundo están mejor dotados para ello. Como si entre nosotros, seamos chinos, africanos o sudamericanos, seamos pueblo o peor aún clase media, no existieron ya todas las taras del individualismo, egoísmo, sentido de la propiedad, etc., que han ilusorio todo colectivismo extremo. Como ideal el colectivismo es quizás la forma más perfecta de vida, pero inalcanzable, pues para aplicarlo sería necesario destruir 2.000 años de historia que nos han preparado a no comprenderlo y a rechazarlo, y además sería menester una mutación del género humano que solo se dará a través de un milenio de lucha o de una gran hecatombe universal.
(¿?)
Un problema que evidentemente me preocupa es el de mi propia identidad, el de reconocerme como el mismo en el tiempo. Yo no tengo conciencia de mi identidad y si en una época llevé un diario casi cotidiano creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de una vida morosa, dispersa y vagabunda. Para ser más explícito, yo me niego a reconocer como mi persona al señor que llevaba mi nombre y que vivió un año en Amberes ocupado en asuntos de fotografía o al que años más tarde vivió en Berlín en una pensión siniestra. Me parece que eran otras personas, unos usurpadores de mi apariencia. Esta falta de identidad la he notado también en algunas otras personas, que sufren con el tiempo cambios tan notables que dan la impresión de haber prestado su cuerpo a diferentes usuarios. Sin duda que se trata de un problema de orden casi patológico y que un psiquiatra sería capaz de explicar. En la práctica esta falta de conciencia de la propia identidad se traduce por la imposibilidad de tener opiniones duraderas y de hacer proyectos a largo plazo. Literariamente, por cierta versatilidad, facilidad, discontinuidad que, a la postre, me puede resultar fatal.
1970
París, 4 de abril de 1970
Revisando mis papeles en esta mañana de primavera tardía. Certidumbre de que si quiero proseguir mi carrera literaria sin caer en un periodo de receso o quizás de clausura tengo que darle forma a lo informe. Miles de hojas dobladas, tarjadas, mezcladas. Su lectura atenta exigiría meses de trabajo. Y su selección y su copia en limpio uno, dos años. Hasta ahora solo he logrado recopiar una cincuentena de páginas de notas, bajo el título de Prosas apátridas. Pero quedan centenares de notas más, y de páginas de diario, y de cuentos y de artículos. Nunca sé a qué darle prioridad. Y todo se va enmoheciendo. Gran error no haber publicado Cambio de guardia cuando la terminé hace ya cuatro años. Me vería más libre ahora para emprender otras cosas. De todos modos, este año solo quisiera hacer tres tareas: pasar en limpio mi veintena de cuentos inéditos, hacer una nueva copia al día de la novela y añadir a Prosas apátridas cincuenta páginas más. Con eso me sentiría satisfecho y probablemente optimista.
(¿?)
La literatura peruana se mueve en un campo de acción extremadamente reducido. Ello se debe a que los autores peruanos utilizan escasos géneros literarios: novela, cuento, poesía, teatro. Es decir, los más antiguos, los que se cultivaban en Grecia. Nos falta esa extensión que le da a la literatura géneros más tardíos o géneros ancilares: ensayo, memorias, autobiografías, diarios, correspondencia, y los subgéneros como la novela rosa, la policial, el roman noir, de espionaje, ciencia ficción, novela histórica.
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Creo que en la literatura latinoamericana hay una tendencia a sobrevalorar la técnica narrativa. No pienso que la técnica deba ser dejada de lado, pero tampoco debe erigírsele en criterio mayor para juzgar si una obra es actual o pasada de moda, moderna o anticuada. En el fondo la técnica es fácil, lo difícil es el contenido. Cuando yo cojo una novela y veo que el primer capítulo está escrito en primera persona, el segundo en monólogo interior, el tercero en narración omnisciente y así sucesivamente, no sigo leyendo. Algunos autores creen que basta utilizar ciertos procedimientos para estar, como dicen los franceses, dans le vent. Nada envejece tan rápido como los procedimientos. Hay quienes disfrazan una visión banal, simplista y vieja de la realidad con una técnica modernista. Como si la modernidad fuera cuestión de técnica. Nada más viejo por ejemplo que una novela como L’agrandissement de Claude Mauriac, que pretende en un alarde técnico narrar lo que simultáneamente sucede en el tiempo que tarda un semáforo en cambiar de luz; nada más moderno que una novela como Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger, narración llana, simbólica y realmente transparente. La modernidad no reside en los recursos que se emplean para escribir, sino en la forma como se aprehende la realidad. Un escritor que sigue pensando como hace cincuenta años será un escritor caduco aunque eche mano a todos los recursos inventados por Joyce, Faulkner y Robbe-Grillet juntos
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Con qué especie de envidia o de nostalgia leo en les «comptes rendus» de algunas novelas célebres que son un «fresco» de determinada sociedad en una época dada. Yo nunca podré concebir un «fresco» ni menos escribirlo, no cabe en mi espíritu abarcarlo, en la medida que el «fresco» implica una reflexión sobre la Historia combinada con una peripecia personal o individual. Yo he pasado siempre al lado de la Historia y he penetrado en la vida por puertas más pequeñas y disimuladas como pueden ser la aventura privada o la anécdota.
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Ayer noche, mirando Notre-Dame iluminada, me doy cuenta de una de las razones que la convierten en una obra única en su género, para mi gusto la construcción más bella de la Humanidad: la equilibrada mezcla de robusteza y de fragilidad. La robustez le viene de la piedra; la fragilidad, de la fineza de los detalles. Extrapolando, imaginar una obra literaria de un tema sólido, duradero, trabajado con infinita delicadeza.
1971
4 de julio
Mario Vargas Llosa a almorzar en casa, con Patricia y sus dos hijos. Uno de los tantos encuentros esporádicos, en los últimos años, desde que, digamos, subió al carro de la celebridad. Difícil comunicación, a pesar de la presencia de Alfredo Bryce. En MVLL hay una afabilidad, una cordialidad fría, que establece de inmediato (siempre ha sido así, me doy cuenta cada vez más) una distancia entre él y sus interlocutores. Noté esta vez, además, una tendencia a imponer su voz, a escuchar menos que antes y a interrumpir fácilmente el desarrollo de una conversación que podía ir lejos. Quizás esta especie de indiferencia o de olímpica capacidad de flotación –estar presente y al mismo tiempo no estarlo– sea un privilegio del talento. Todo esto naturalmente hace de él una persona impenetrable. Tengo la impresión de que cuando uno alcanza cierta fama vive más para los artículos, las relaciones mediatas de la nota, la correspondencia, el coloquio multitudinario de un congreso literario, la entrevista, etc., que para la relación directa de persona a persona. Entre el hombre célebre y el mundo se tiende o extiende un mundo de papel, una cortina libresca, letresca, de comentarios, citas, glosas y exégesis que en definitiva contienen y aíslan al hombre de la realidad para colocarlo en una especie de Olimpo del cual es difícil hacerlo descender para situarlo en el plano de la simple humanidad. Todo esto unido, claro, a un gran aplomo, una seguridad que convierte en apodícticas las más leves de sus observaciones. MVLL da la impresión de no dudar de sus opiniones. Todo lo que dice para él es evidente. Él posee o cree poseer la verdad. No obstante, conversar con él es casi siempre un placer por la pasión y el énfasis que poner al hacerlo y su tendencia a la hipérbole, lo que hace de su discurso algo divertido y convincente.
1972
París, 23 de abril de 1972
A la cuarentena he llegado a una situación que nunca pude antes prever y que, a otro que yo, lo colmaría de satisfacción. No solo Agregado cultural en la ciudad más codiciada del mundo, sino Delegado adjunto ante la Unesco. Este último cargo, gracias a una serie de azares, me ha permitido además acceder como suplente a lo que se llama el Consejo Ejecutivo, y más aún, al Comité Especial de dicho Consejo, especie de supergabinete de la Unesco, donde solo figuran quince representantes de todo el mundo. Me codeo con eminencias de la India, Francia, Suecia, Brasil, Reino Unido, Alemania, Estados Unidos, Egipto, etc., viejos zorros unesquianos que no podrán menos que preguntarse cómo un hombre de mi edad puede asistir a sus debates y discutir sus opiniones. Mi cuento «La insignia» se realiza. Pues la verdad es que yo sé poquísimo de esta organización a cuyo círculo más hermético he penetrado. Estoy allí no sé por qué, ni cómo, ni gracias a qué méritos. Lo que me permite no hacer un papel deslucido no es la inteligencia ni la experiencia sino ese fondo de sentido común y de discreción que nunca me han abandonado. Y el saber administrar con una ciencia infalible mi silencio. En las reuniones del Comité Especial, cada delegado está asesorado por una secretaría, que expurga la documentación en estudio y prepara sus intervenciones. En mi caso, solo, librado a mis propias luces, tengo que coger las cosas al vuelo e improvisar. Todo en realidad es una farsa. Aquí más que en otra parte. Y por lo mismo no saco de esto ni partido ni gloria. Me aburro. Añoro estar en otro lugar. Un cuartito de hotel. Un pueblo perdido del Perú donde sea maestro. Una playa. No tengo nada que ver con esos señores, por brillantes que sean. Soy opaco a su brillo.
11 de julio
Ahora, al releer fragmentos de historias o relatos jamás concluidos, inconcluibles además porque se ha roto la atmósfera espiritual en la cual fueron comenzados, descubro en mí cualidades de narrador que no me eran entonces perceptibles y que es prácticamente imposible ahora reflotar. Todo un mundo se ha ido a pique durante estos años de silencio y abandono. Nada podrá ser como antes. Para recuperar aquello tendría que aislarme durante meses en algún lugar apartado y esperar que mi cuerpo y mi espíritu pierdan todo el hollín acumulado en años de trabajo rutinario. Pero ello no será posible. Debo tener el coraje de considerarme un autor clausurado
(¿?)
El hombre nunca podrá saber más, cuantitativamente, que lo que ahora sabe. La producción de libros aumenta por cien, pero la capacidad de lectura permanece la misma. Si este ritmo se mantiene, en el año tres mil se publicarán un millón de novelas al año y salvo que se haya resulto el problema de la longevidad, no podrán leerse como ahora más de cinco mil en toda una vida. ¿Cuáles cinco mil? Posiblemente las que ya están escritas.
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El asesinato del industrial Luis Banchero por el muchacho de servicio Juan Vilca es algo más que un hecho policial: hay en él algo de ritual y de simbólico. Un adolescente que mata a un hombre maduro, un pobre a un rico, un enano a un gigante, un sirviente a un patrón, un cholo peruano a un descendiente de inmigrantes extranjeros, un hombre sin porvenir a un triunfador. Dejando de lado todo lo que pueda haber de trágico e ignominioso en este hecho, es posible que este acto sea una especie de anuncio, de premonición: el cholo Vilca, subdesarrollado y casi débil mental, eliminó en Banchero, por procuración, a toda una clase social.
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Ayer conversación con MVLL. Su charme habitual. Lo interrogo por qué lo atrae tanto la selva, escenario de su próxima novela. Dice que no sabe, quizás por las aventuras de Tarzán. Luego explicita: un mundo totalmente diferente, donde hay hombres que todavía viven en función de la aventura. Cuenta el caso de un amigo que pasó diez años en la floresta buscando palo de rosa (palisandro). Tocamos el tema de la dificultad de escribir sobre lo muy cercano, su propia vida por ejemplo o hechos política que se han vivido. Admite que lo que no lo toca de muy de cerca le deja más libertad. Omito explicar que esa es una de las características de los artistas épicos.
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Frases como «familia espiritual» me eran hasta hace poco sospechosas y no les había otorgado yo ninguna importancia. Pero a medida que vivo me doy cuenta de que tales filiaciones existen y que de pronto, sin el concurso de ningún intermediario cultural, racial o político, uno se encuentra pensando las mismas cosas que un hombre que vivió en un país lejano hace pocos o muchos años. Eso me ocurre con Kafka, con Svevo, con quienes no tengo ninguna relación, pues ellos son de origen semita y europeo y yo un epígono de viejas familias europeas emigradas a América mezcladas con autóctonos. Leyendo a Svevo he tenido la impresión de estar leyendo mi propia obra, no la que ahora escribo sino la que debí escribir si hubiera nacido en Trieste hace setenta años. Con Kafka, a pesar de que las cosas superficiales que han dicho algunos críticos, y que versan sobre asuntos formales o ambientales, hay otro canal de contacto, que va mucho más lejos y que debe anotarse en el capítulo de una misma hermandad espiritual, esa hermandad de la que habla Proust y que no tiene nada que ver ni con la ideología ni con la biografía, una hermandad en suma que se integra en el orden de la sensibilidad, sin que para expresarse esta hermandad utilice los mismos símbolos. Kafka es mi hermano, siempre lo he sentido, pero el hermano esquimal, con el cual me comunico a través de señas y ademanes, pero entendiéndonos. Así como me comunico con Flaubert, odiándolo como si lo conociera y discutiendo a muerte con él, y con Rabelais, a quien con toda razón no podría soportar.
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La gran admiración que nos despierta un escritor se nota no tanto en que nos impone la lectura de su obra sino la lectura de sus lecturas preferidas.
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Con la edad nos convertimos en nuestra propia caricatura.